La Zorra y las Uvas
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
La tarde caía lenta sobre el sendero pedregoso cuando la zorra, flaca de hambre y con el pelaje sin brillo, llegó a un pequeño claro. El olor dulce la golpeó antes de verlas: uvas maduras, pesadas, colgando de una parra que trepaba sobre un arco de piedra abandonado. Parecían hechas para ella. El hambre le encendió los ojos.
Se acercó con paso sigiloso, midió la distancia y dio su primer salto. Falló por un palmo. Cayó torpe sobre las patas traseras, resoplando. Sacudió la cabeza, retrocedió unos pasos, corrió y saltó otra vez. Las uvas quedaron balanceándose, intactas, casi burlándose.
Probó una tercera vez, con más fuerza, estirando el lomo al máximo. Se raspó la panza contra la piedra y volvió a caer. Las uvas seguían allí arriba, brillando bajo la última luz del día.
La zorra quedó un rato mirando, jadeando. El cansancio le pesaba en los músculos. El hambre le hacía arder la garganta. Pero lo peor era otra cosa: admitir que no podía alcanzarlas.
Al final, dio media vuelta. Y mientras se alejaba, levantó la nariz con una dignidad herida:
—Bah… seguro están verdes. Ni valen la pena.
Caminó hasta perderse entre los arbustos, diciendo esas palabras para convencerse. La parra quedó atrás, silenciosa, con los racimos oscuros y perfectos.
Moraleja: Es fácil despreciar lo que no podemos obtener. A veces, para no enfrentar un fracaso, preferimos decir que aquello que deseábamos no valía tanto.
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