Hasta que me recuerdes

Hasta que me recuerdes

Hasta que me recuerdes

Antes del olvido

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Blanca recordaba con precisión cada instante de aquel día.
La luz dorada del atardecer que caía sobre la carretera, el aroma a lluvia inminente en el aire, y Elías tarareando una melodía que él mismo había inventado.

Iban a casarse en dos meses. Habían elegido juntos el vestido, el lugar, las flores. Todo estaba impregnado de esa complicidad que sólo existe cuando dos almas se reconocen sin palabras.

Entonces, el sonido. Un chirrido de neumáticos y un impacto seco. Luego, el silencio. Un silencio tan absoluto que a Blanca le pareció escuchar el latido de su propio corazón, cada vez más distante.

Cuando despertó en el hospital, preguntó por él antes incluso de notar su propio dolor. Elías estaba vivo. Pero algo había quedado atrás, perdido en un pliegue invisible de su mente.

Amnesia retrógrada severa, dijeron los médicos.
No recordaba su infancia. No recordaba el accidente. Y, sobre todo, no recordaba a Blanca.

Ella entró en su habitación con las manos temblando. Él la miró con una cortesía fría, como se mira a una desconocida en una sala de espera.  Blanca sonrió, aunque por dentro todo se desmoronaba.

—Hola —dijo ella, con la voz quebrada—. Me llamo Blanca.

Él repitió su nombre, probándolo como si fuera una fruta amarga.
—Blanca… Gracias por venir.

Ella sintió un filo cortante atravesarle el pecho. Pero no insistió. No sacó fotos, no habló del anillo que guardaba en el bolso, ni del apartamento que habían decorado juntos. No quiso imponerle un pasado que ahora era un laberinto oscuro.

Así empezó su nueva vida: ella a su lado, pero invisible. Convirtiéndose en su amiga, en una compañía callada, esperando un milagro que quizá no llegaría nunca.

La vida sin ella y los sueños

Elías fue aprendiendo a vivir sin un pasado.
Reaprender a vestirse solo, a encontrar la estación de tren, a recordar que el café le gustaba sin azúcar.

Pero lo más difícil era esa sensación de vacío en el pecho. Tenía la sensación de que faltaba un hilo invisible que unía todos sus días.
Le decían que era normal, que con el tiempo construiría nuevos recuerdos, nuevas certezas.

Blanca lo acompañó en cada paso. Se convirtió en su apoyo silencioso, en la amiga que siempre estaba ahí, en la confidente a la que él contaba sus pequeños logros: “Hoy no me he perdido”, “Hoy recordé dónde guardo las llaves”.

Mientras tanto, él empezó a salir con otra mujer: Rebeca, una terapeuta dulce y paciente. Su relación nació de la necesidad, no del fuego. Pero Elías se aferró a ella como quien se aferra a una balsa en mar abierto.

Blanca lo veía desde lejos. A veces, desde un banco del parque donde él caminaba con Rebeca. A veces, desde la ventana de la cafetería donde solía escribirle poemas antes del accidente.
El dolor era un animal que le devoraba el estómago cada día, pero seguía sonriendo cuando él le contaba que estaba bien.

Entonces comenzaron los sueños.
Elías empezó a verla en la penumbra de su mente dormida: una mujer de cabello oscuro, con ojos grandes y una tristeza infinita.
Soñaba con su risa, con un anillo que brillaba al sol, con un vestido blanco que flotaba en un jardín lleno de magnolias.

Una mañana, despertó con el pulso acelerado y, sin entender por qué, cogió un cuaderno y empezó a dibujar. Sus manos parecían moverse solas.
Cuando terminó, miró el papel: era ella. Blanca. Cada línea, cada sombra, cada curva de su rostro estaba allí, exacta, como si siempre hubiera estado escondida en sus dedos.

Elías no entendía nada. Rebeca encontró los dibujos y le preguntó quién era. Él solo pudo encogerse de hombros, con el rostro desencajado.

Blanca vio uno de esos dibujos por casualidad.
Lo vio por la ventana del taller donde él tomaba clases de arte para rehabilitación.
Sus rodillas flaquearon.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió el impulso de correr hacia él, de gritarle: “¡Soy yo! ¡Esa soy yo!”…pero se quedó quieta.  Sabía que él necesitaba encontrarla solo. Sabía que, si forzaba la memoria, el milagro no sería real.

Así que se marchó, con el dibujo grabado en el corazón como una herida luminosa.

El quiebre y el reencuentro

Elías empezó a sentirse dividido. Por un lado, la vida ordenada que había construido con Rebeca, hecha de rutinas suaves, tardes de té y sonrisas medidas.
Por otro, aquella figura misteriosa que lo visitaba cada noche en sueños, cada vez más vívida, cada vez más urgente.

Empezó a evitar el taller de arte. Cada trazo que hacía de aquel rostro desconocido le dolía. Pero al mismo tiempo, no podía dejar de buscarla.  El rostro en sus dibujos parecía mirarlo con reproche, con ternura, con una espera infinita.

Un día de lluvia, Elías fue al parque solo. Se sentó en el banco donde siempre lo encontraba Blanca, sin saberlo.  El agua caía como un telón, lavando el mundo, haciéndolo borroso.
Y entonces la vio.

Blanca estaba de pie, bajo un paraguas transparente, temblando. Había decidido despedirse. Decirle adiós definitivamente antes de que su amor se devorara a sí mismo.
Pero al verla llorar, algo se quebró en Elías.

Sintió un latido violento en la sien. Una sucesión de imágenes estalló en su mente:
— Sus manos enlazadas en el cine.
— La primera vez que ella se quedó dormida sobre su hombro.
— La tarde en que le pidió matrimonio y ella dijo sí, entre lágrimas.
— El accidente. Su voz gritándole su nombre, envuelta en el estruendo del metal.

Se levantó de golpe. Se acercó tambaleando, como si el suelo se abriera bajo sus pies.
Cuando estuvo frente a ella, le apartó el paraguas.
Le rozó la mejilla, húmeda de lluvia y lágrimas.

Susurró, con la voz rota:
— Blanca…

Ella lo miró con los ojos agrandados, como si el mundo entero acabara de detenerse.
— ¿Me recuerdas? —murmuró ella, apenas un aliento.

Elías apoyó la frente en la suya.
— Ahora sí. Eres tú. Siempre fuiste tú.

Entonces la abrazó, como si quisiera fundirse con ella, como si en ese contacto pudiera recuperar cada segundo perdido.  Lloraron juntos, mezclando las lágrimas con la lluvia.

Elías la miró de nuevo, empapado, temblando. 

 — He estado buscándote en cada sueño… y no lo sabía.

Blanca sonrió entre sollozos, mientras el agua les caía sobre el cabello, los párpados, los labios.  Él la tomó de la mano y la besó, por fin, como si el tiempo se hubiera detenido para concederles una sola verdad: que el amor verdadero no se olvida. solo aguarda en silencio  esperando el momento de volver a florecer.

Únete a la comunidad de Afectos.org

Si estos contenidos te acompañan, puedes unirte a nuestra comunidad para recibir nuevos textos, reflexiones y materiales que seguimos creando cada semana.

Autor: Benicio de Seeonee

Benicio
Últimas entradas de Benicio (ver todo)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *



Descubre más desde Afectos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo