El Guardián y las tres almas del fuego
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
Terminado el fogón, el Guardián del Fuego esperaba a que todos se hubieran retirado y luego se disponía a apagarlo. Por lo general alguno de los jóvenes más grandes se quedaba con él para ayudar, y aprender.
Esa noche, mientras se dedicaba a la tarea, el Guardián dijo en voz baja que el fuego era traicionero. El chico estaba atento a las palabras de su Viejo Lobo, aunque no lograba comprender aún lo que quería decir. Con la cadencia característica de la sabiduría el hombre continuó relatando que, aunque a los ojos parezca siempre el mismo, el fuego no es uno solo. Contaba que, cuando el mundo todavía aprendía a nombrar las cosas, el fuego se presentó ante el hombre con tres almas, y que desde entonces nunca ardió sin ellas.
La primera era joven y feroz. Devoraba lo que encontraba. Provenía de la chispa, y se alzaba rápida, brillante, indomable. Prometía calor inmediato, luz abundante, victoria sobre la noche. Era la que enamoraba a los hombres. Por ella encendían hogueras enormes, por ella creían haber dominado algo que apenas estaban despertando. Esa alma no sabía esperar ni medir. Ardía hasta agotarse o hasta acabar con todo de manera voraz.
La segunda alma llegó después, cuando la primera perdió sus fuerzas. No brillaba tanto ni hacía ruido. Se acomodaba en el centro, respiraba despacio, encontraba su lugar. Era la que daba calor parejo, la que permitía cocinar, reunirse, atravesar la noche. No necesitaba espectáculo. Conocía el ritmo, entendía que sostener es más difícil que comenzar. Gracias a ella el fuego dejó de ser amenaza y se volvió hogar.
Finalmente, la tercera alma fue la última en revelarse. Cuando la segunda iba consumiéndose, y casi nadie se daba cuenta, surgió ella. Era gris, no ardía ni calentaba. Su tarea era cerrar el ciclo. Si nadie la controlaba, se acumulaba sobre las brasas, el aire se cerraba y el fuego empezaba a apagarse sin que nadie entendiera por qué. No hacía ruido, no pedía atención, pero con ella todo terminaba asfixiado por su propio pasado.
Cuentan que durante mucho tiempo los hombres creyeron que el fuego fallaba cuando se apagaba. No entendían que no había muerto, sino que una de sus almas había cumplido su tarea. A veces adoraban solo a la primera y todo se consumía demasiado rápido. Otras veces se aferraban a la segunda y el fuego sobrevivía, pero débil. Pero cuando adoraban a la tercera, controlándola y haciéndola a un lado, el fuego se mantenía dando calor.
Los más sabios aprendieron tarde que el fuego no se mantiene solo. Las tres almas están enlazadas al Guardián. Hay que encenderlo, cuidarlo y limpiarlo. Cada alma cumple su parte y ninguna alcanza por sí misma. Y a la hora de apagarlo, no hay que caer en el error de dejar sola a la tercer alma, porque cierra el ciclo, pero no lo apaga. solo lo esconde.
Para que, cuando el Guardián la haga a un lado, el ciclo pueda recomenzar.
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