El vestido antiguo de Benicio de Seeonee

El vestido antiguo de Benicio de Seeonee

El vestido antiguo

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Agustín había pasado toda la mañana sacando cosas de la casa de sus abuelos. La decisión estaba tomada: vender todo y cerrar esa etapa. La casa ya no era hogar, era un depósito de recuerdos que no sabía dónde poner.

En el living se habían amontonado muebles, cajas y bolsas. La gente del barrio entraba, miraba, preguntaba precios, regateaba con una naturalidad que a él todavía le dolía un poco. Entre todo eso, sobre una silla, estaba el vestido.

Era un vestido que su abuela había usado para el casamiento de su madre. Era un vestido muy lindo con una tela muy delicada, pero era viejo. De otra época. El corte parecía pasado de moda, pero aún así no dejaba de ser un vestido especial. Sin embargo, nadie lo miraba dos veces.

—¿Y eso? —preguntó una mujer.

Agustín miró el vestido sobre el respaldo del sofá, lo observó con nostalgia. No era fácil explicar el valor de una cosa. Ponerle precio parecía ser mucho más sencillo.

—Llévelo si quiere —dijo, entristecido el muchacho—. Parece que no vale nada.

La mujer lo tomó con cuidado. No era cualquier vecina: era modista, de esas que ya no abundan, manos firmes, ojos atentos. Lo miró largo rato sin decir nada.

Apreció la tela, el cuidado que había tenido. Claramente era casi nuevo. La tela estaba tan reluciente como el primer día, aunque era evidente que ya había pasado muchísimos días ese vestido.

—¿Me dejás llevarlo? —preguntó la señora—. Te lo regreso enseguida.

El muchacho se encogió de hombros.

A la tarde, cuando el movimiento en la casa ya había mermado, la mujer regresó. Traía dos bolsas negras. Agustín acomodaba las cosas que habían quedado y vio a la mujer entrar sonriendo. En silencio sacó de una bolsa el vestido estaba doblado con mucho cuidado. Agustín sonrió. Le recordó a su abuela. La miró con mucha ternura mientras la señora sacaba de la otra bolsa algo más: un maniquí viejo, de esos con base de hierro.

El muchacho estaba muy sorprendido. Ella pidió permiso, lo apoyó en el centro del living y empezó a trabajar en silencio. Colocó el vestido en el maniquí. Lo acomodó con cuidado y quitó los hilvanes que había hecho en su casa, acomodó el escote y la falda. No habló. Las demás mujeres del barrio se acercaron sin darse cuenta.

Ya no era el mismo vestido.

La tela caía con elegancia, el corte parecía pensado para ese cuerpo inexistente, el antiguo vestido volvía a tener presencia. Había una armonía difícil de describir.

—¿Cuánto cuesta? —dijo alguien.

—Yo lo vi primero.

—Te doy el doble.

El muchacho miraba sin entender. Para él era el mismo vestido que había ofrecido gratis unas horas antes. La única diferencia que encontraba era que ahora estaba en un maniquí.

Finalmente lo vendió por un precio que jamás hubiera podido imaginar. La modista estaba ahí sonriente cuando Agustín se acercó con curiosidad.

—¿Qué fue lo que pasó?

La modista lo miró y sonrió, sin orgullo exagerado, sin falsa modestia.

—Nada extraordinario —dijo—. El vestido siempre fue bueno. La tela es de las más costosas. Sólo necesitaba pasar por las manos correctas.

El muchacho se quedó pensando en cuántas cosas —y cuántas personas— terminan descartadas no por falta de valor, sino por no haber sido nunca miradas por la persona correcta.

Únete a la comunidad de Afectos.org

Si estos contenidos te acompañan, puedes unirte a nuestra comunidad para recibir nuevos textos, reflexiones y materiales que seguimos creando cada semana.

Autor: Benicio de Seeonee


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *



Descubre más desde Afectos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo