Entre dos mundos
Siempre fuiste un territorio propio,
indomesticable, libre.
Una fuerza que no pedía permiso
ni buscaba aprobaciones.
Yo te miraba crecer
con esa mezcla de orgullo y miedo
que solo entiende quien sostiene
sin saber del todo cómo hacerlo.
Y aunque intenté cuidarte
con torpeza y amor,
sabía desde el principio
que no podía retenerte.
No se retiene lo que nació
para abrirse paso.
No se encierra
un corazón que respira a su modo.
Hubo días ásperos, en que no nos alcanzaba el lenguaje
para explicarnos,
días en que cada una defendía su mundo
con uñas, y dientes.
Nos faltaban años para entendernos,
para soltar la necesidad de tener razón,
para aceptar que quererse
no siempre es coincidir.
Hoy caminamos juntas sin invadirnos.
Tú con tu libertad intacta, yo con mi amor menos ansioso.
Con la sabiduría para reconocer que acompañar
a veces es dar un paso atrás para que el otro avance sin miedo.
Y en esa distancia amable
apareció una paz que antes nos faltaba, y que encontramos
cuando dejamos de pretender que el amor
debía ser perfecto para ser verdadero.
Nos costó, sí, pero lo logramos:
habitar los dos mundos
sin perder el puente.
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