Hombre hecho y derecho
“Cuando el amor se enferma”
Una serie de relatos de ficción que exploran los límites del amor cuando se contamina con otras emociones al punto de transformarse en algo poco menos que monstruoso. Los personajes no son reales. Las historias son solo relatos que buscan exponer con crudeza hasta dónde puede llegar alguien que confunde el amor con otra cosa. Porque lo que estos personajes sienten no es amor, aunque lo digan con devoción.
Tomás tenía diecisiete años y hacía lo posible por pasar desapercibido en su casa. Su padre no toleraba “excentricidades”, como las llamaba él. Su madre era amable, pero se deshacía en silencio para no contrariar a nadie.
Tomás aprendió pronto a esconder quién era. Y aun así, no lo hacía del todo bien. Cada tanto su padre se ponía violento y agresivo, por algún nuevo corte de pelo o por algún nuevo tipo de vestimenta. Por lo que Tomás había tenido que disfrazar su verdadero yo.
Ese año conoció a Santiago, el chico nuevo del curso. Tenía la sonrisa libre, un humor fácil y esa manera de hablar que hace que uno sienta que está bien ser uno mismo. Se hicieron amigos rápidamente y poco después comenzaron a visitarse. Santiago iba a la casa de Tomás y antes que llegue su padre se marchaba. Tomás, en cambio, siempre era bien recibido por la familia de Santiago.
Poco a poco y sin que pudiera evitarlo, el corazón de Tomás, que estaba muerto de frío desde hacía tiempo, empezó a calentarse. Pero no dijo nada, la costumbre del disfraz, se imponía por encima de todo lo demás.
Una tarde de otoño, en el parque detrás del colegio, Santiago le confesó sin miedo, sin temblor, sin apuro, que le pasaban cosas cuando estaban juntos. Tomás sintió que el mundo se abría para él. Como si de pronto amar y ser amado fuera algo tan simple y natural como respirar.
Durante semanas, vivieron algo que empezó pequeño y se volvió inmenso: mensajes a deshora, miradas cómplices, caminatas largas donde no pasaba nada y sin embargo pasaba todo. La primera vez que se besaron, ambos estaban llenos de miedo y de vergüenza. Pero después de esa vez, cada beso, y cada caricia le dejaban a Tomás la certeza de que eso era la primera cosa de su vida que no estaba actuando.
Y por un tiempo demasiado corto, Tomás olvidó que la felicidad, en su casa, siempre tenía fecha de vencimiento.
Una noche, su padre encontró los mensajes. No hubo golpes, pero el silencio que vino después fue más violento que cualquier empujón. La mirada llena de asco y decepción cayó sobre el chico como un yunque de una tonelada. Aplastó sueños, sentimientos, deseos.
La frase cayó como un veredicto:
—Yo no voy a tener un hijo maricón. Se te pasa, o te lo hacemos pasar.
Al día siguiente, lo llevaron a la fuerza a la casa de Valentina, hija de unos amigos de la familia. Tenía dieciséis, era buena chica y lo miraba con ternura. Desde pequeños el padre de Tomás y el de Valentina solían bromear con que los niños terminarían juntos. El padre de Tomás le aseguró que “eso” que estaba sintiendo se corregía. Que él podía elegir. Que todavía estaba a tiempo de ser un hombre como corresponde.
—Podríamos intentarlo —dijo Valentina con una gentileza que lo rompió todavía más—. No quiero que estés obligado… pero si te sirve, estoy acá.
Tomás sintió que la vida se le achicaba. Había crecido con la chica, la conocía bien y eran buenos amigos. Se sentía cómodo con ella. Pero Santiago lo hacía vibrar como nadie más. Pensar en él era lo único que disfrutaba.
Santiago, mientras tanto, le mandaba mensajes que ya no esperaban respuesta. Tomás los leía a escondidas, con el corazón en un puño. Cada mensaje terminaba con un “estoy acá”, esa frase que Tomás no podía permitirse tener.
Al final, un lunes gris, Tomás lo bloqueó. Su padre le había dicho que si ese chico no dejaba de escribir iba a tener problemas. Tomás no podía permitir que Santiago conociera a su padre. Sin despedida. Sin explicación. Sin justicia, simplemente lo hundió en el más absoluto silencio. Porque lo quería demasiado para verlo convertirse en un problema más.
Lo cambiaron de colegio. Y su padre pidió un traslado que los llevó lejos del barrio. Santiago lloró muchas veces en brazos de su familia. Tomás no pudo hacerlo. Intentó seguir adelante. Siguió actuando. Con la única que se comunicaba era con Valentina. Y hasta le escribía cartas. Siguió sonriendo donde tocaba y agachando la cabeza donde suponía que era lo correcto. Aprendió a pasar desapercibido incluso de sí mismo.
La primera vez que su padre lo vio fumar, sonrió satisfecho. Tenía la seguridad de que su hijo finalmente había logrado convertirse en un hombre hecho y derecho. Probablemente muy pronto se casaría con Valentina. Nunca se detuvo a ver qué fumaba.
Antes de que termine el año, Santiago recibió una visita muy extraña. Valentina entró con una caja. La mamá de Santiago preparó té y se sentó junto a su hijo. La chica abrió la caja y sacó unas cartas.
—Él me las enviaba a mí, pero siempre fueron para ti.
La joven, con el tiempo, entendió. Le pidió perdón por haber demorado tanto en entregar las misivas, asegurando que jamás imaginó que formaría parte de algo que nunca debería de haber existido.
Santiago escuchó con su alma en un hilo, que Santiago había caído debajo de un tren. Valentina habló con cuidado, y dijo que no estaba segura si había sido intencional o un accidente. Lo único que sabía, porque Tomás se lo había dicho muchas veces, era que ya no podía seguir fingiendo que estaba todo bien, cuando se sentía profundamente roto.
Santiago abrió las cartas, sus manos temblaban. No eran muy largas. Pero la última, la que tenía fecha de apenas unos pocos días atrás, Tomás se despedía de él, diciendo que siempre lo esperaría.
La había escrito el día anterior al “accidente”.
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