El guardavidas y la profesora
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
Ella llegaba a la playa siempre temprano, con el bolso lleno de papeles para corregir. Era maestra, de esas que todavía usaban cuaderno de tapa dura y biromes de colores, y que se enojaba cuando los alumnos les decían “seño” mirando para otro lado. Él era guardavidas: moreno, curtido por el sol, con una calma diferente. Probablemente, pasar el día escuchando el mar y mirando el horizonte tenía que ver con eso.
Se conocieron cuando una ráfaga de viento le voló a ella un montón de fotocopias con dibujos y letras muy grandes. Él saltó de la casilla, corrió detrás de las hojas y las fue juntando una por una. Se las entregó con una sonrisa llena de ternura. Podía imaginar que manos y ojos pequeños serían destinatarios de ese material. Ella le agradeció con un gesto tímido, aunque en verdad sentía que ese hombre acababa de salvarle la vida y el trabajo de muchas horas.
Durante semanas, él la saludó cada mañana. Ella respondía, con ese aire de quien intenta no entregar demasiado. Se avergonzaba cuando su mirada se perdía en las formas de esos hombros que le parecían enormes. Pero él insistía en su modo tranquilo: le alcanzaba una silla cuando el viento soplaba fuerte, le acercaba un termo con agua caliente cuando la veía tiritando, la llamaba por su nombre sin hacer aspavientos. Y eso la desarmaba.
Un día ella se animó a preguntarle por qué no se quedaba quieto, por qué siempre aparecía justo cuando ella estaba a punto de perder un papel, un mate, la paciencia. Él respondió con una franqueza que la dejó sin defensas: “Porque es lindo cuidarte”.
No hubo más rodeos. Siguieron encontrándose, primero en la arena, después en un café del centro, y finalmente en la rutina suave de quienes descubren que la vida puede tener un ritmo compartido. Ella le contaba historias de sus alumnos; él le hablaba del mar como si fuera un pariente. Y un día, sin ceremonia, la tomó de la mano. Fue un gesto tan natural que ella pensó que quizá ese vínculo existía desde antes de que se tocaran.
Toda la calma que él tenía, desaparecía en el roce de sus manos. La miraba con la misma calma de siempre, sí. Pero ambos sentían que su interior se desataba lleno de emociones. Comenzó sin que ninguno se diera cuenta. Un sentimiento de esos que invaden, que llenan y que dan vida.
Un amor que llegó con la marea y se quedó en la playa.
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