Ella es mía
“Cuando el amor se enferma”
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
Una serie de relatos de ficción que exploran los límites del amor cuando se contamina con otras emociones al punto de transformarse en algo poco menos que monstruoso. Los personajes no son reales. Las historias son solo relatos que buscan exponer con crudeza hasta dónde puede llegar alguien que confunde el amor con otra cosa. Porque lo que estos personajes sienten no es amor, aunque lo digan con devoción.
Ella entró al aula ese lunes de marzo con una carpeta azul contra el pecho y un gesto que mezclaba concentración y algo de timidez recién estrenada. La mayoría de los chicos murmuraba entre sí, acomodando mochilas, bajándose de las mesas, todavía con esa energía desprolija del primer día.
Él tenía quince, era flaco, callado, con una manera de mirar que no buscaba ser descubierta. Y sin embargo, apenas la vio, la siguió con los ojos sin pestañear, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento sin saberlo.
La profesora de matemáticas, Laura, tenía casi treinta años, su voz era clara, suave. Una apariencia juvenil y postura firme. Esa mezcla que a un adolescente le puede partir la cabeza y abrirle un mundo que no está preparado para habitar.
La presentación fue simple, solo tenían que decir su nombre, su materia preferida y luego la docente presentó el programa del año. Pero para Joaquín fue otra cosa. No había nada del discurso que lo tocara en lo académico. Lo que sentía era otra fuerza, algo que crecía sin aviso, una fascinación directa, animal, sin filtro.
A la semana ya empezaba a mostrarse.
Le decía cosas que a cualquier adulto le sonarían ingenuas, pero que en plena adolescencia cargaban un filo inquietante. “Profe, hoy estás re linda.” El aula entera aplaudía y vanagloriaba a Juaco por la osadía. Ella sonreía incómoda, bajaba la mirada hacia el cuaderno, marcaba el ejercicio en el pizarrón y seguía, apurando la clase para que la hora terminara rápido. Le llevaba chocolates, pequeñas flores del jardín de su casa, dibujos que inventaba sin sentido. Ella agradecía, siempre manteniendo distancia, era demasiado joven para sentirse del todo segura, y demasiado correcta para reaccionar con brusquedad.
Con el correr de los meses, él dejó de ocultarlo. Le hablaba solo a ella en voz alta, incluso cuando su intervención no tenía nada que ver con el ejercicio. Los compañeros lo miraban entre risas, lo cargaban, le hacían señas para que se calmara, pero él seguía. Se acomodaba en la fila de adelante. Levantaba la mano para cualquier cosa. Y cada vez que ella se acercaba a revisar un cálculo, él retenía el aire para olerla, para absorberla, para grabar cada detalle de su cercanía. La clase avanzaba, pero su atención estaba en otro lugar. Y ella empezaba a sentir esa vibración rara, esa tensión que cualquier mujer reconoce cuando una mirada deja de ser solo una mirada.

Terminó el año y él quedó marcado, obsesionado sin admitirlo todavía. Durante las vacaciones pensó en ella, repasó cada escena, imaginó encuentros, diálogos, todo aquello que solo existe en la cabeza de alguien que empieza a confundir deseo con destino.
La suerte dispuso que ella tomara el curso una vez más. Aunque cuando lo vio, y notó la emoción en el rostro de ese chico, se vio muy sorprendida. Él ya tenía dieciséis y entró al aula con el corazón acelerado. Cuando la vio, confirmó sin ninguna duda que lo que sentía no había pasado ni un poco. Y ahora, con más confianza y más desparpajo, redobló la apuesta. Arremetió desde las primeras clases “Profe, hoy te peinaste distinto, te queda mejor.” “Profe, te traje esto porque me acordé de vos.” Pequeñas cosas, siempre pequeñas, pero encadenadas, persistentes. Sus compañeros ya lo daban por sentado: “Le gusta la profe”, “Este está perdido”, “Se vuelve loco por ella”. Y él lo disfrutaba. No lo ocultaba, no lo moderaba. Para él era una forma de demostrar que ella era especial. Para ella era un malestar creciente. Empezaba a evitar mirarlo directo, empezaba a corregirlo más seco, empezaba a sentir que la situación tenía filo.
Una vez le pidió que dejara de llevarle regalos. Él aceptó con una sonrisa, pero siguió una semana después con una excusa distinta. Otra vez flores. Otra vez un chocolate. “Es el último, profe, te juro.” Ella no quería sanciones ni conflictos. Trataba de mantener todo bajo control, pero la incomodidad ya se podía tocar.
Al final de ese año, él ya vivía pendiente de los horarios, de cada gesto, de qué ropa llevaba puesta. No tenía límite interno, no tenía freno. Y ella, sin decir palabra, empezaba a sentir el primer verdadero miedo.
El último año comenzó con un aire distinto para él. Ya no era un pibe. Ya tenía dieciocho cumplidos, el DNI en el bolsillo y la arrogancia silenciosa de quien siente que cruzó un límite simbólico que lo deja del otro lado de la vida. Entró al aula el primer día y la esperó como siempre, pero esta vez lo hizo con la certeza íntima de que algo había cambiado. Ya había indagado y sabía que ella tenía la cátedra de Matemáticas una vez más. Era lógico para él que ella quería seguir cerca.
Joaquín tenía su pecho lleno de una emoción que, aún si todavía no lo sabía poner en palabras, lo sentía: ahora, según su lógica, nada impedía que estuvieran juntos. No había ley, no había prohibición, no había más un “no se puede”. Y eso liberó en él una energía más pesada, más insistente, más peligrosa.
Ella lo vio entrar y notó el cambio en el instante. La mirada ya no era la del chico excitado que la admiraba sin filtro. Era la de un joven decidido a interpretar cualquier gesto como señal. Él la saludó con una sonrisa más larga de lo necesario, más intensa de lo correcto. “Buen día, profe… estás increíble hoy.” Los compañeros se rieron, algunos se miraron con fastidio, otros con la diversión de siempre. Pero ella sintió un pinchazo en la boca del estómago. Era la misma frase de todos los años, pero cargada de otra intención.
Con el paso de las semanas, él empezó a marcar territorio con una constancia que no admitía tregua. Le llevaba el café de máquina antes de empezar la clase, aún si era en otro curso. Le alcanzaba la tiza sin que se lo pidiera. Le acomodaba el proyector, los marcadores, las carpetas. La seguía con la mirada por el pasillo. La esperaba al final del recreo contra la puerta. Y cada día que pasaba, su sensación de “esto ya es mío” crecía sin pudor.
Ella trataba de manejar la situación con profesionalismo, pero cada intento de poner distancia era interpretado por él como un juego, una coquetería involuntaria, una prueba que debía superar. La incomodidad se volvió evidente para algunos colegas, aunque nadie llegaba a imaginar la peligrosidad latente en ese vínculo unilateral.
Un jueves de agosto, después de una clase particularmente tensa donde él no dejó de interrumpir con comentarios sobre su perfume, su peinado, su voz, ella lo llamó aparte y le habló seriamente. Le explicó que había una línea que él no podía cruzar, que necesitaba que dejara de hacer observaciones personales, que estaban en la escuela y debía comportarse conforme a su rol de alumno.
Él la miró con un gesto extraño. “O sea que fuera de la escuela sí”, se dijo Joaquín. Todo tenía sentido. Dentro de la escuela eran profesora – alumno, pero fuera de la institución, ella le pertenecía. Joaquín conocía todos los horarios de Laura. Por lo que esa noche, sabía que salía a las diez y la esperó en uno de los autos de su padre.
En cuanto ella salió él le chistó. Ella no hizo caso. Entonces la llamó por su nombre. Ella no reconoció su voz, volteó y al verlo al volante de semejante auto se sintió impresionada. ¿Qué hacía ese chico con ese auto? Se acercó. Él se deshacía en sonrisas, estaba en verdad emocionado. Ofreció llevarla y ella declinó con amabilidad. Pero él insistió con una mezcla de incomprensión y ofensa. “Profe… ¿Cuál es el problema? Solo quiero llevarte a tu casa. ¿Qué tiene de malo?” Ella respiró hondo y volvió a exigir que mantuviera distancia y silencio. Él bajó la vista, asintió sin convicción y se fue. Esa noche no durmió. Para él, esa charla no era un límite: era una confirmación de que debía redoblar el esfuerzo.
A las dos semanas empezó a seguirla discretamente después de las clases. Conocía sus horarios, sus recorridos, los días en que salía más tarde. Sabía dónde guardaba el auto y se las arregló para descomponerlo y que no pudiera volver a usarlo. Por supuesto, sabía también qué camino tomaba al irse. No lo hacía a escondidas: en su cabeza, era una forma de cuidar de ella. Un amor atento. Una vigilancia que él interpretaba como protección. Ella, sin enterarse del todo, ya sentía la tensión de ser observada.
Hasta que llegó ese viernes. Frío, con viento. Ella salió del edificio abrazada a una carpeta, pensando en llegar rápido a su departamento. Al doblar la esquina vio un auto estacionado en la sombra, motor encendido. Él estaba al volante, con el brazo colgado por la ventanilla y una sonrisa tensa. Le hizo un gesto para que se acercara. Ella se detuvo, clavada en el asfalto, porque entendió que la situación había dejado de ser una incomodidad escolar. Era otra cosa.
—Déjame llevarte a tu casa, hace frío —le dijo él, seguro, como si fuera la opción más natural del mundo.
Ella negó con firmeza. Le aclaró que no. Que tenía que irse. Que no correspondía. Él insistió, inclinándose hacia la ventanilla, buscando suavizar la voz. Ella dio un paso para hablarle de cerca, procurando dejar las cosas claras, de una vez. Se acercó lo justo para que él escuchara sin que todo el mundo mirara.
—Escúchame bien —le dijo, seria, cansada, con el límite recién endurecido—. Es muy desagradable que no entiendas un no. No voy a subir. No insistas más. Esto no es amable, no es lindo, no es un cumplido. Es acoso.
Él parpadeó, como si no entendiera el significado real de la palabra. Algo se movió en su rostro, una mezcla de sorpresa y rechazo. Y ahí, sin pensarlo, extendió la mano por la ventanilla, tomó la de ella y tironeó hacia él con fuerza. Fue un impulso, un acto posesivo, una necesidad desesperada de que no se alejara. Ella se resistió, trató de soltar la mano, pero él insistió, y al jalarla de nuevo, la cabeza de Laura golpeó con violencia el borde del techo del auto. Un sonido seco, contundente. Ella perdió el equilibrio. Él quedó congelado en un segundo que no supo qué hacer.
Él tuvo apenas unos segundos de conciencia después del golpe. Vio cómo ella se desplomaba en la acera y no se movía. Joaquín salió del vehículo y con las manos en su cabeza comenzó a dar vueltas alrededor. Respiró profundo, la tomó en sus brazos con ternura y la metió en el auto. La vio caer en el asiento trasero, con el cabello alborotado sobre la cara, y sintió el vértigo de alguien que ya no distingue entre lo que hace y lo que imagina.
Salió del auto desesperado, cerró la puerta del atrás y la vio tendida en su auto. Primero una mirada desesperada la observó desde afuera. Dio un par de vueltas sobre sí mismo sin saber cómo respirar. Pero un segundo después sonrió, abrió la puerta del conductor, se sentó al volante. Trataba de ponerle palabras a lo que no podía asumir: “Te vas a despertar… ya va a pasar… yo te cuido.” Y en ese mantra torcido encontró la excusa perfecta para secuestrar su propio caos.
La llevó a su casa, esa mansión silenciosa donde nunca había nadie salvo la mucama, una mujer de pocas palabras que hacía su trabajo sin meterse en la vida de nadie. Cuando él entró cargando a la profesora, ella estaba en la cocina y al oír el ruido se asomó y lo saludó sin verlo, mientras él subía las escaleras. Le pidió que le subiera un botiquín de primeros auxilios. Él improvisó una mentira banal, rápida, casi infantil. “Me raspé la pierna en educación física.” Lo dijo con la seguridad de un hijo de ricos malcriado en la certeza de que nadie lo contradice. Y ella obedeció, sin imaginarse lo que había detrás de esa escena.
La recostó en su cama, una cama enorme, con un acolchado caro y olor a sábanas nuevas. Le limpió la frente, le habló, le acarició el pelo, le besó los dedos como si fueran un amuleto. Para él, no estaba inconsciente: estaba descansando, “tomándose su tiempo”, “recuperándose con él”, “dejándose cuidar”. Le puso una manta encima, le acomodó la ropa, le acercó una taza de té tibio que no iba a ser bebida. Se quedó sentado a su lado hasta quedarse dormido con la cabeza apoyada en su brazo.
A la mañana siguiente ella seguía inmóvil. Él limpió nuevamente la herida. no quiso despertarla. La veía quieta, y esa quietud le confirmaba la ilusión. “Está conmigo.” Le hizo el desayuno. Le habló del clima. Le mostró un ejercicio que había hecho en clases. Le decía que la iba a ayudar a levantarse apenas se sintiera mejor. No hubo reacción, ni sonido, ni pestañeo. Y él se convenció de que era parte del proceso. La besó con dulzura y se fue a la escuela.
A los pocos días, la piel de Laura comenzó a mostrar manchas violáceas en la zona del cuello y los brazos. Él lo atribuyó a “moretones del golpe”. Le quitó la ropa y la bañó con una delicadeza inusitada. Joaquín sabía que con amor ella finalmente lo aceptaría. Ya no tenía razones para rechazarlo.
Había visto un vestido bellísimo y supo que en ella luciría maravilloso. Lo compró sin dudar y en cuanto la sacó de la tina la secó y le puso el vestido. Se veía como una verdadera princesa. Volvió a acostarla en la cama, y se acostó a su lado. No pudo evitar percibir un olor muy intenso en la alcoba que empezó a cargarse en el aire, él abrió las ventanas y trajo flores de los jardines para perfumar el cuarto, creyendo sinceramente que ella agradecería ese gesto cuando despertara.
Mientras ella dormía él le susurraba con cariño “No te preocupes, ya va a pasar… yo estoy acá.” Esa noche, para dormir, la vistió con una remera suya. Cada acto reforzaba su fantasía: ella era suya. Estaba en su casa. En su cama. Todo el mundo la buscaba, pero él era el único que la tenía. Y esa idea le daba una satisfacción profunda y enferma, una especie de triunfo secreto.
Iba a clases como si nada, más callado que antes, más contenido, pero con una paz retorcida detrás de los ojos. Los compañeros hablaban de la desaparición de Laura. Los profesores estaban conmocionados. Él escuchaba cada palabra y sentía un orgullo del que no decía nada. “La buscan porque no entienden. Ella está conmigo porque es mía.”
La mucama, obediente, seguía la rutina de siempre. No entraba al cuarto salvo que él se lo pidiera, y él no quería que nadie tocara ese territorio nuevo que consideraba sagrado. Pero todo delirio tiene un límite. Y llegó inevitablemente.
Un martes, él se fue al colegio.
La mucama harta de limpiar la casa y no poder eliminar ese olor extraño que se escapaba por la rendija de la puerta, decidió ignorar sus órdenes. Abrió y avanzó apenas dos pasos. Lo que vio la dejó sin aire: la profesora sobre la cama, inmóvil, con la piel manchada, las extremidades tensas, el cuerpo en claro estado de descomposición. Salió corriendo, tambaleando, temblando. Llamó a la policía sin titubear.
Llegaron en menos de diez minutos. Entraron con linternas y guantes. Subieron la escalera. Empujaron la puerta. El cuarto era un santuario grotesco. Velas consumidas, flores marchitas, ropa doblada como si esperara dueña, el cuerpo en la cama rodeado de cuidados inútiles. La escena tenía la firma de una devoción enferma.
Cuando él llegó, encontró patrulleros en la entrada. Corrió. Intentó entrar por la fuerza. Gritaba que se fueran, que no podían tocarla, que era suya, que estaba descansando, que no la entendían. Lo redujeron en la escalera, mientras él se retorcía y seguía implorando que no se la llevaran.
Lloraba sin lágrimas. Lloraba desde un lugar donde la realidad ya no tiene forma. “No la toquen… no la toquen… es mía… es mía”, repetía con la garganta rota, como un chico defendiendo un juguete roto que todavía cree vivo.
Uno de los oficiales se acercó a la mucama.
—¿Dónde están los padres del muchacho?
—No tengo idea. Los señores siempre están de viaje.
La camilla bajó por el pasillo entre policías y peritos. El oficial observó a Joaquín atrapado en las manos de otros dos oficiales, seguía gritando, exhausto, incapaz de aceptar lo que había hecho. La voz se le quebró finalmente en un alarido seco que no buscaba convencer a nadie: era apenas el reflejo último de una obsesión que había devorado todo.
El oficial y la mucama sentían el desgarrante dolor del muchacho cuyo amor enfermo los había enfermado a todos en apenas un rato.
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