El lugar seguro de Benicio de Seeonee
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
Ser papás no es nada simple. Cuando uno de los padres no está, es mucho más complejo. Había una mujer que sentía que todo lo que había hecho en la vida empezaba a desmoronarse. Una conclusión a la que se llega cuando uno revisa años de esfuerzo y no encuentra resultados visibles.
Había criado sola a sus dos hijos desde muy chicos. El padre había muerto temprano y ella había hecho lo que pudo con lo que tenía. Trabajo, horarios largos, pocas certezas. Aun así, había intentado transmitirles valores simples: respeto, honestidad, responsabilidad. Sin grandes discursos, que por lo general no llevan a nada, sino mediante gestos cotidianos. Creyó que eso alcanzaba.
No alcanzó.
Los chicos crecieron y empezaron a tomar distancia. Nuevas ideas, nuevas compañías, decisiones que ella no entendía y que, en algunos casos, le dolían. No eran delincuentes ni monstruos, pero tampoco eran aquellos niños a los que podía señalar un límite con solo mirarlos.
Todo lo que ella había aprendido, y los ejemplos que aún conservaba, las convicciones que la habían sostenido tantos años, parecían no tener ningún peso en ellos. Su familia le decía que no era su culpa, que los chicos se habían descarriado, y que no había nada que pudiera hacer. Pero ella no estaba conforme con eso.
Una tarde, agotada, decidió hablar con alguien ajeno, que no la conociera. Supo de un hombre mayor que vivía solo en las afueras del pueblo, alguien a quien muchos llamaban chamán, o brujo aunque ella no tenía idea de por qué. Lo que sí sabía era que este hombre no daba consejos fáciles ni frases para colgar en la heladera. Pero en su desesperación, le pareció la mejor opción.
Le contó todo. El miedo, la culpa, la duda. Le dijo que ya no sabía si había hecho lo correcto, ni si tenía sentido seguir creyendo en lo que siempre creyó que era lo mejor. Tal vez había estado equivocada desde el principio.
El hombre no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hasta el fondo del terreno y la invitó a acompañarlo. Allí, detrás de un galpón, había una perra echada a la sombra. Dos cachorros corrían alrededor, se alejaban, volvían, se perdían entre los pastizales y regresaban a mamar unos segundos antes de salir otra vez.
—Mire bien —le dijo—. Ella no corre detrás de ellos. No los ata. No los sigue. Está ahí.
La mujer observó en silencio.
—Si la perra se levantara para perseguirlos —continuó—, no alcanzaría a ninguno. Y los cachorros perderían su lugar seguro. Lo único que los hace volver es saber que ella está.
La mujer entendió sin necesidad de explicaciones largas.
—Usted no controla el camino de sus hijos —dijo el hombre—. Pero puede seguir siendo su referencia. No abandone aquellos ideales que la han sostenido. No por ellos, sino por usted. A veces volver no es inmediato. Pero casi siempre ocurre.
La mujer volvió a su casa con el mismo dolor, pero con una calma nueva. Sus hijos seguían lejos, sí. Pero ella había decidido quedarse donde estaba. Firme. Visible. Disponible. Para que cuando ellos regresen, encuentren su lugar seguro.
Y eso, comprendió, era la mejor manera en que podía amarlos.
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