La casa de las buganvillas
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
Ella llegó ese verano con una decisión tomada: terminar la tesis, respirar aire limpio y no enamorarse de nadie. Venía cansada de la ciudad, de los ruidos, de los amores a medias, de la ansiedad que le latía en la nuca. La casita junto al mar que le prestaron parecía perfecta: techos bajos, paredes encaladas, una buganvilla que trepaba con descaro por la fachada y ese olor salado que en Buenos Aires nunca existe.
El primer día bajó a la playa con un cuaderno y la idea firme de avanzar en el trabajo. Pero el mar, terco como solo el mar sabe serlo, la fue desarmando: se sentó a mirar cómo rompían las olas contra las rocas y terminó simplemente ahí, quieta, escuchando.
Fue entonces cuando lo vio.
Él venía caminando por la orilla, con el traje de neoprene medio bajado y la tabla bajo el brazo. Tenía arena pegada al pecho y una sonrisa leve, casi distraída. Pasó cerca y le dijo un “hola” cordial, de esos que uno devuelve sin pensar. Después siguió, y ella volvió al cuaderno intentando recordar el párrafo que quería escribir.
Pero al día siguiente volvió a verlo. Y al otro también. Y al otro.
Era instructor de surf, vivía unas casas más allá. No hablaba mucho. Observaba, escuchaba, respondía lo justo. Tenía un modo sereno de existir, una tranquilidad que a ella la desconcertaba al principio, pero al mismo tiempo la atraía, casi sin permiso.
Una tarde, mientras ella caminaba por la playa buscando despejar la cabeza, él apareció de repente, arrastrando la tabla.
—¿Probaste alguna vez? —preguntó.
Ella soltó una risa nerviosa.
—¿Te parece que yo puedo subirme a eso sin morir en el intento?
—Te puedo enseñar —replicó él, con una seguridad blanda que invitaba.
Aceptó.
La primera clase fue un desastre magnífico. Se cayó cuatro veces, tragó agua dos, y casi pierde el traje en una ola entrometida. Él se reía, no de ella, sino con ella. Le corregía las posturas con cuidado, sin invadir, guiando con paciencia casi artesanal. Cuando logró ponerse de pie por primera vez —tres segundos exactos— él levantó los brazos celebrando como si hubiera ganado un campeonato mundial.
—Eso —dijo él—. Esa sensación. ¿La sentiste?
Ella, jadeando, asintió.
—Bueno, ahí empieza todo.
A partir de ese día, las clases derivaron en charlas. Primero sobre el mar, después sobre libros, después sobre la vida. Él tenía una historia sencilla: criado en ese pueblo chico, un padre pescador, una madre maestra, un hermano que vivía en otra provincia. Ella tenía un mapa más enmarañado: trabajos, mudanzas, vínculos que la habían desgastado. Pero él no se asustó ni la quiso arreglar.
Solo la escuchó.
Y en esa escucha ella empezó, contra su propia voluntad, a sentir algo tibio avanzando por dentro.
Una tarde de viento suave, se quedaron en la playa después de la clase. El cielo estaba rosado y el sol bajaba como si tuviera sueño. Ella se sentó sobre la tabla y él se acomodó al lado. No hablaban. Tampoco hacía falta.
Él fue quien rompió el silencio.
—Desde que llegaste… no sé, me cambió el verano.
Ella lo miró, sorprendida por la franqueza.
—¿Para bien? —preguntó.
Él sonrió.
—No te haría perder el tiempo con algo que no valga la pena.
Fue directo, habló con seguridad. Solo un hombre sincero diciendo lo que sentía. Esa simpleza la cautivó más que cualquier declaración elaborada. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Él le pasó un brazo por la espalda. El mar seguía rompiendo, igual que siempre, pero en ese instante a ella le pareció distinto, más cercano, más propio, más tibio.
En los días siguientes la tesis avanzó, sí, pero sin urgencia. Ella empezó a dormir mejor, a comer mejor, a reírse más. Y él, fue dejando marcas invisibles en cada cosa que hacían juntos: las caminatas, los mates al atardecer, los intentos fallidos de cocinar pescado en la plancha de la casita.
Cuando el verano terminó, ella tuvo que volver. Hubo un abrazo largo, de esos en los que el cuerpo dice lo que la boca todavía no se atreve.
Él la acompañó hasta el auto y antes de que arrancara, dijo:
—Si volvés, sigo acá. No necesito más que eso.
Ella asintió, con el corazón latiéndole fuerte. No prometieron nada. No hicieron planes de novela. Pero ambos entendieron que lo que había nacido ese verano no se evaporaría tan fácil.
La buganvilla, cuando ella cerró la puerta de la casita por última vez, estaba más florecida que al principio. Y aunque no lo admitiera, ella también.
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