Efecto invernadero
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
“Cuando el amor se enferma”
Una serie de relatos de ficción que exploran los límites del amor cuando se contamina con otras emociones al punto de transformarse en algo poco menos que monstruoso. Los personajes no son reales. Las historias son solo relatos que buscan exponer con crudeza hasta dónde puede llegar alguien que confunde el amor con otra cosa. Porque lo que estos personajes sienten no es amor, aunque lo digan con devoción.
Se conocieron en la facultad, una fascinada con las plantas y la otra con los animales. Se enamoraron poco después. Cuando encaminaron sus vidas decidieron andar el camino juntas. Lara propuso una casa con jardín, Paula estuvo de acuerdo. Juntas le dieron vida a una pequeña casita que estaba desocupada hacía tiempo y necesitaba mucho trabajo. Luego del interior, se ocuparon del jardín. Paula construyó una pequeña casita para su perro y Lara se ocupó del jardín.
Todo iba bien hasta que ese vivero llegó al barrio. De alguna manera conseguían plantas muy exóticas que Lara solo había visto en libros. Comenzó comprando una, luego otra y poco después entre ambas construyeron en el fondo un pequeño invernadero. Lara brillaba. Paula adoraba verla así. Después del trabajo se juntaban a charlar, se ocupaban de las plantas, jugaban un rato con su cachorro y luego miraban tele. Todo parecía marchar sobre ruedas.
Un día, Lara llegó emocionada. No era extraño, cada nuevo descubrimiento en el vivero la llenaba de entusiasmo. Pero esa tarde fue diferente, había encontrado una rareza tan delicada que no logró hablar de otra cosa.
Pasó la tarde en el invernadero moviendo plantas, preparando el espacio ideal, con la luz necesaria y la distancia ideal con otras especies. Paula escuchó nombres científicos, características, historia, beneficios, y quién sabe cuántas cosas más acerca de esa pequeña planta. En aquel entonces la planta era apenas un brote pequeño dentro de un recipiente de vidrio
—Es difícil mantenerla viva —dijo por la noche luego del baño mientras se acostaba—. Por eso me gusta.
Paula sonrió. Le pareció una frase tierna. Abrazó a Lara que se durmió enseguida por el cansancio que tenía, y poco después ella también se quedó dormida. Cerró los ojos con la idea de “mañana será otro día”.
Poco después aparecieron las lámparas ultravioletas. Más tarde, llegaron los medidores de humedad. Luego el sistema hidropónico. Las deudas aumentaban, y Lara parecía no comprender que no podían seguir comprando cosas para el invernadero, que empezó a llenarse de tubos transparentes, recipientes con nutrientes y pequeñas luces LED que permanecían encendidas incluso de madrugada, tiñendo las paredes con un resplandor artificial y frío.En realidad, para esa planta. Todo giraba a su alrededor, incluso ella. Y sin quererlo ni soportarlo, Paula también.
Una noche, Lara despertó de pronto algo ansiosa y se dirigió al invernadero a controlar que todo estuviera en orden. La siguiente noche también, poco a poco comenzó a levantarse cada noche para revisar el nivel de agua. Ajustaba la temperatura del ambiente antes de volver a dormir. Pasaba horas investigando nutrientes, enfermedades, composición del suelo. Había días enteros donde parecía hablar más con la planta que con Paula.
Y lo peor era que lo hacía con una ternura que ya no utilizaba con nadie más. La llamó Eva.
Al principio Paula se burló.
—¿También le vas a festejar el cumpleaños? —dijo con sarcasmo. Lara ni siquiera sonrió.
—No entiendes lo sensible que es.
Eso fue lo primero que empezó a irritarla. Miraba a la planta con odio, pero lo que en realidad más le afectaba, era la seriedad absoluta con la que Lara hablaba de ella y con ella.
Eva ocupaba el centro exacto del invernadero, bajo una estructura de luces cuidadosamente calibradas. Sus hojas largas y oscuras parecían absorber el brillo artificial con una elegancia silenciosa. Y cuando le daba el sol se veía con una divinidad difícil de describir. Lara limpiaba sus hojas tres veces al día, una por una con un paño húmedo, revisando nervaduras, textura, coloración. Podía pasar cuarenta minutos observándola sin hablar. Paula veía con dolor como su amor desaparecía entre esas hojas que brillosas y voraces, estaban dejándola cada vez más sola.
Una noche intentó acercarse a Lara mientras trabajaba sobre el sistema de riego. La abrazó desde atrás. Lara se tensó apenas. Solo apenas. Pero Paula lo sintió.
—¿Puedes no mover la mesa? —murmuró Lara—. Acabo de estabilizar el flujo.
Paula soltó los brazos lentamente. Eso dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir. Con el tiempo, el invernadero dejó de oler a flores, a verde, a vida. Empezó a oler a fertilizante húmedo, plástico caliente y vegetación encerrada. Las ventanas permanecían cerradas para controlar las corrientes de aire. Había humedad en los vidrios incluso durante días secos. Las luces del invernadero nunca terminaban de apagarse del todo.
Lo que ocasionó un fuerte incremento en los gastos del servicio de luz. Lara parecía feliz ahí dentro. Paula no. Las cuentas comenzaron a acumularse. Las discusiones comenzaron por cosas pequeñas. El regulador de la temperatura. La electricidad. El espacio disponible para las otras plantas. Pero debajo de todo existía otra pelea, una mucho más vergonzosa: Paula estaba celosa de una planta. Y lo sabía. Eso volvía imposible explicarlo sin sonar ridícula.
Una madrugada despertó sola en la cama. No fue difícil saber dónde buscar. Encontró a Lara sentada frente a Eva, observando las hojas bajo una pequeña linterna.
—¿Qué haces? —Lara levantó la vista lentamente.
—Creo que tiene estrés hídrico —Paula miró el reloj. Eran las cuatro y media de la mañana.
—Amor… es una planta —Lara frunció el ceño con una expresión casi ofensiva.
—Claro que es una planta.
A partir de ese momento, Paula comenzó a desarrollar una sensación incómoda y persistente: la impresión de que Eva estaba desplazándola emocionalmente. Lara ya no la miraba igual. La escuchaba menos. Todas las conversaciones indefectiblemente terminaban desviándose hacia nutrientes, luz, crecimiento, raíces.Todo en Lara estaba concentrado en aquella estructura viva sostenida por agua y tubos transparentes.
Paula intentó discutirlo varias veces. Siempre terminaban igual.
—Estás llevando esto al extremo.
—¿En serio compites con una planta?
El deterioro emocional de Paula fue lento. No planeaba hacer daño al principio. Solo quería intervenir. Alterar algo pequeño. Demostrarle a Lara que aquella obsesión era frágil. Recuperar lo que tenían. La primera vez vertió apenas unas gotas de limpiador industrial dentro del depósito de agua. Muy poco. Una cantidad mínima. Ni siquiera estaba segura de querer que funcionara.
Durante los días siguientes observó a Eva con atención enfermiza. Nada ocurrió. Después aparecieron pequeñas manchas amarillas en una hoja inferior. Lara las detectó de inmediato.
—No tiene sentido —murmuró mientras examinaba la planta—. Todo estaba perfecto.
Paula sintió un estremecimiento extraño. ¿Culpa tal vez? ¿Alivio acaso? Una idea se instaló en su mente “Ese era el camino”
Lara pasó toda la noche investigando posibles causas. Cambió el agua. Revisó raíces. Ajustó nutrientes. La planta pareció estabilizarse unos días. Entonces Paula volvió a hacerlo. Esta vez aumentó la dosis. Muy poco otra vez. Lo suficiente para generar deterioro progresivo, no muerte inmediata. Finalmente, la planta empezó a marchitarse lentamente. Las hojas perdieron firmeza. Algunas puntas comenzaron a oscurecerse. Y Lara entró en pánico. Instaló cámaras pequeñas apuntando al sistema hidropónico. Comenzó a tomar registros fotográficos diarios. Anotaba cambios mínimos en cuadernos llenos de horarios y mediciones.
Dormía menos. Comía peor. Paula observaba todo aquello con una mezcla insoportable de satisfacción y horror. Porque una parte de ella estaba logrando exactamente lo que quería. O casi. ¿Se preocuparía igual por ella? ¿Acaso si ella enfermara Lara la atendería con tanta dedicación? Se estremeció ante la incertidumbre.
Una noche encontró a Lara llorando frente al depósito de agua. Llorando de verdad. Con el rostro hundido entre las manos. Paula sintió un vacío brutal en el pecho. Hacía años que Lara no lloraba así por ellas.
—Voy a salvarte —susurró Lara mirando a Eva—. Te lo prometo.
Paula tuvo ganas de gritar. De romper algo. De decirle mírame a mí así una sola vez. Pero no dijo nada. Solo siguió envenenando el agua. El deterioro se aceleró. Las raíces comenzaron a pudrirse. Lara dejó de ir al trabajo durante dos días. Permanecía encerrada controlando temperatura, humedad y niveles químicos. Hablaba con Eva en voz baja mientras limpiaba las hojas muertas.
Paula empezó a sentir miedo real. No de ser descubierta. Sino de que Lara ya no estuviera completamente cuerda. Las luces violetas del invernadero convertían las madrugadas en una especie de sueño febril donde las sombras de las hojas se proyectaban sobre las paredes como dedos largos y deformes.
Y Lara vigilaba. Compró un colchón y lo tendió bajo la planta. Paula no pudo evitar llorar mientras la veía preparar su nueva habitación. Sin dudas, eso fue lo peor. Aunque aquel día Paula quedó sin palabras. Lara la miraba fijamente.
—¿Qué sucede? —preguntó mientras se disponía a preparar la cena. Lara sostuvo la mirada sin responder enseguida.
—Alguien está haciéndole daño.
La frase quedó suspendida entre ambas como una acusación respirando. Paula sonrió con incredulidad.
—Estás enferma —murmuró Paula. Lara dio un paso hacia ella. Tenía ojeras profundas. El cabello desordenado. Los ojos irritados por falta de sueño.
—Ella siente cuando alguien la altera —Paula soltó una carcajada seca.
—Dios mío… escúchate —Lara volteó y salió de la casa. Paula la siguió hasta el invernadero. Lara ni siquiera levantó la vista para mirarla.
—Vete a dormir —dijo. La indiferencia atravesó a su esposa como un cuchillo.
Paula observó la planta. Las hojas caídas. Los tallos debilitados. Toda aquella estructura enfermiza ocupando el centro de su relación desde hacía meses. Sintió odio. Un odio puro y súbito. Tomó el bidón de solución nutritiva que estaba junto al sistema.
—¿Sabes qué? Estoy cansada de esta mierda.
Lara giró de inmediato. Pero Paula ya había arrojado el recipiente. El bidón golpeó violentamente la estructura metálica. El líquido se derramó sobre el piso. Los tubos se desprendieron. Y el tallo principal de Eva se partió casi por la mitad con un sonido húmedo y seco a la vez. El silencio posterior fue monstruoso. Lara miró la planta destruida. Después miró a Paula. La expresión de su rostro cambió por completo. ¿Tristeza? No. En esa mirada había algo peor. Vacío absoluto.
—¿Qué hiciste? —gritó con una voz totalmente deformada. Paula retrocedió apenas.
—Lara…
Pero no hubo nada que pudiera decir para enmendar el daño. Lara avanzó de golpe y la golpeó con ambas manos en el pecho. Paula se fue hacia atrás sin poder evitar la caída. Golpeó contra el perfil metálico de la puerta del invernadero, rompiéndose el cuello. Lara la observó inmóvil. No lo había pensado. Solo fue desesperación animal.
El sonido fue ensordecedor. El cristal especial se hizo añicos cubriendo el cuerpo de Paula. Lara apenas podía respirar. Eva, detrás, agonizando en el agua con nutrientes. Paula delante sin vida, en un charco de sangre. Y ella ahogándose en un silencio profundo que perforaba sus oídos.
La casa parecía suspendida dentro de una quietud imposible. Pasaron varios segundos antes de que Lara reaccionara. Se acercó lentamente a Paula. Los ojos permanecían abiertos. Vacíos. Lara intentó tocarle el rostro.
—Paula… Amor… —gimió casi sin aliento.
No hubo respuesta. Entonces empezó a llorar. Pero incluso en medio del llanto, su mirada seguía desviándose hacia la planta rota. Hacia el tallo quebrado. Hacia las raíces expuestas. Algo dentro de ella no podía aceptar esa destrucción. Las horas siguientes ocurrieron en una especie de niebla. Lara actuó como alguien intentando salvar lo único que todavía tenía sentido.
Arrastró el cuerpo de Paula lejos del agua derramada. Volvió a levantar el sistema hidropónico. Cortó las partes dañadas. Preparó nuevos nutrientes. Trabajó toda la madrugada cubierta de sangre. La de Paula. La savia de la planta. Todo mezclado sobre el piso. Cuando amaneció, Eva seguía partida. Pero una parte del tallo permanecía verde. Viva.
Los días posteriores se volvieron confusos. Lara apenas hablaba. La casa estaba envuelta en una calma aterradora. Ya no había discusiones. Ya no había interrupciones. Solo humedad, luces violetas y el zumbido constante de los filtros de agua. Entonces ocurrió algo. Pequeño. Casi imperceptible.
Un brote nuevo apareció junto a la fractura del tallo. Después otro. Lara observó el fenómeno durante horas enteras. Sonrió por primera vez desde la muerte de Paula. Porque en su mente aquello no era supervivencia vegetal. Era otra cosa.
Regreso.
Comenzó a hablarle nuevamente a Eva. Pero ahora utilizaba plural. “Ustedes”. “Mis niñas”. “Mi familia”.
El sistema hidropónico fue ampliado. Construyó un nuevo cantero más grande, más estable, donde las dos partes de la planta pudieran crecer separadas pero conectadas por la misma red de nutrientes.
Por las noches dormía en el invernadero. Sobre el colchón inflable entre las luces ultravioletas y el sonido constante del agua circulando. Y cada vez que observaba los nuevos brotes abrirse lentamente hacia la luz artificial, sentía que algo había sido reparado.
Algo importante. Algo definitivo.
Lara acarició suavemente las hojas nuevas mientras el invernadero respiraba húmedo y silencioso alrededor suyo. Luego cerró los ojos y sonrió apenas.
—¿Ves, amor? —susurró—. Qué hermoso es volver a tener la familia unida. Tú, Eva y yo, juntas para siempre.
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