La voz de Dios

La voz de Dios

La voz de Dios

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

En ese pueblo la iglesia permanecía abierta toda la noche una sola vez al año. Si bien era una festividad importante, no figuraba en el calendario litúrgico, porque solo los habitantes del pueblo la conocían. Era parte de su historia. Pero era muy simple, sin procesión ni campanas. Aun así, nadie parecía cuestionarlo. Se sabía que esa noche las puertas no se cerraban y que, si alguien entraba, siempre sería bienvenido.

La costumbre venía de lejos. Decían que, los primeros habitantes, unas escasas familias que habían decidido asentarse en el valle, se habían reunido en la iglesia a orar pidiendo  lluvia cuando la sequía los apremiaba. Dios les había hablado y les había asegurado que si prometían velar una noche entera, si el pueblo sería preservado. El alivio llegó, con la certeza innegable del amparo de la mano de Dios.

Desde entonces, cada año, volvían a pasar una noche en la iglesia, poco antes de que comience la estación seca. Por lo general iban los más ancianos, los jóvenes, algunos niños que comenzaban a conocer sus tradiciones. Naturalmente no todos creían en esa historia. No hacía falta. Pero muchos asistían igual.

La gente entraba en silencio, se sentaba en los bancos de madera y permanecía ahí, despierta o no tanto, hasta que amanecía. Algunos rezaban con palabras aprendidas. Otros simplemente se quedaban, con la mirada fija en el altar, como si esperar fuera ya una forma de oración.

Uno de los hombres asistía desde hacía años sin saber bien por qué. No había sido educado en la fe ni la había buscado después. Pero desde que su madre lo llevó siendo muy pequeño, él siguió asistiendo. No pedía nada concreto. Se sentaba siempre en el mismo banco, cerca del fondo, y observaba cómo la noche avanzaba dentro del templo.

Cerca del amanecer, una mujer que se había arrodillado varias veces a su lado le habló en voz baja.

—¿Crees que Dios volverá a hablar con nuestro pueblo alguna vez?

El hombre pensó la pregunta con cuidado.

—No —dijo—. No lo creo.

—Entonces, ¿por qué vienes cada año y te quedas toda la noche?

El hombre miró el altar, las velas ya consumidas, las figuras gastadas por los años.

—Porque si alguna vez lo hiciera, quiero estar acá.

La mujer asintió, sin discutir. El día empezó a filtrarse por los vitrales. No ocurrió nada extraordinario. Como siempre.

Cuando se levantaron para irse, el hombre sintió el cansancio en el cuerpo y una calma extraña en la cabeza. No había ganado certezas. Tampoco las necesitaba. Había cumplido con algo que no sabía explicar del todo, pero que reconocía como propio.

No creía con la fuerza suficiente como para afirmar que Dios iba a manifestarse esa madrugada. Pero tampoco con la dureza necesaria como para descartar que la espera tuviera sentido. Y en ese espacio mínimo, frágil, persistente, se ubicaba la satisfacción de haber cumplido.

Autor: Benicio de Seeonee

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