Las hormigas y el hombre generoso
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
En un poblado africano, donde las casas de barro se alineaban siguiendo el curso del sol, vivían dos vecinos que no podían ser más distintos. En una punta del caserío estaba Kemba, un hombre flaco, callado, que trabajaba para poder comer. Era sumamente pobre pero muy generoso. Trataba bien a toda la gente y a los animales. En su soledad, a veces solo lo acompañaban las hormigas, a quienes solía dejarles migas de pan, y éstas a cambio respetaban y cuidaban las plantas de su pequeño jardín.
En el otro extremo, donde había casas más grandes y más bonitas, vivía Baruti, un hombre que tenía de sobra y aun así vivía amargado. Guardaba monedas bajo su catre como si fueran parte de su alma, y cada vez que veía un insecto lo aplastaba sin pensarlo. Decía que la tierra era suya y que ningún animal tenía derecho a pasar por allí. Ni perros ni gatos ni ningún otro animal se le acercaba.
Las hormigas, que conocían la mano amable de Kemba, se arremolinaban cada tarde a su alrededor. Sabían que ese hombre las respetaba, y por eso mantenían su jardín intacto, limpio y sin plagas. Una noche, mientras la luna parecía un cuenco invertido sobre el cielo, las hormigas se reunieron bajo una raíz gruesa.
—Nuestro amigo vive con el corazón lleno y los bolsillos vacíos —dijo la hormiga reina—. Y el avaro vive con los bolsillos llenos y el alma hecha polvo. Este desbalance no puede seguir así.
Varias antenas se movieron inquietas.
—Podemos ayudar a Kemba —propuso una hormiga pequeña pero decidida—. Conocemos la casa del avaro. Sabemos dónde guarda lo que no comparte. Cavemos un camino entre ambas casas. Llevemos un poco de esa riqueza hacia quien siempre reparte lo poco que tiene.
La reina inclinó la cabeza, aprobando.
Esa misma noche, miles de patas diminutas comenzaron a excavar. Trabajaron en silencio, formando un túnel angosto que cruzaba por debajo de los caminos de tierra. Al llegar a la casa de Baruti, tomaron algunas monedas y las transportaron, una a una, hasta el humilde catre de Kemba.
A la mañana siguiente, Kemba abrió los ojos y vio el pequeño montón dorado.
—Los espíritus me han escuchado —murmuró, asombrado—. Debo usar esto con respeto.
Baruti, en cambio, despertó furioso. Faltaban monedas. No encontraba rastro de intrusos. No había puertas forzadas ni huellas en el suelo.
Al día siguiente pasó lo mismo.
Y al siguiente.
Hasta que, al cuarto amanecer, ya no quedaba ni una sola moneda bajo su cama. Baruti bramó tanto que todo el poblado corrió a ver qué pasaba.
Buscando pistas, encontró un agujero diminuto junto al catre.
—¡Aquí está la entrada del ladrón! —gritó—. Seguiré este túnel hasta hallar al culpable.
Casa por casa, revisó el suelo hasta que llegó a la vivienda de Kemba. Allí encontró el final del túnel y un montón de monedas apiladas ordenadamente.
—¡Ladrón! —acusó, señalándolo con rabia.
Kemba quedó paralizado.
—Yo no he tomado nada —dijo, con la voz entrecortada—. No puedo ni entrar en un agujero así. Cada mañana encontraba estas monedas y pensé que era una bendición…
Pero Baruti no quiso escuchar. Llamó a los aldeanos y exigió que lo encerraran. Algunos lo creyeron brujo; otros, simplemente temieron su furia. Lo llevaron entonces a una pequeña cabaña de madera en las afueras y lo dejaron allí, vigilado.
Cuando las hormigas se enteraron de lo sucedido, sintieron que su gesto noble había causado daño.
—No podemos permitir que nuestro amigo pague por lo que hicimos con buenas intenciones —dijo la reina—. Esta noche liberaremos a Kemba.
Trabajaron toda la noche. Primero llevaron más monedas por el túnel, dejándolas dentro de la cabaña. Luego, miles de mandíbulas comenzaron a roer la madera hasta que la estructura cedió. Kemba, sin entender cómo, se encontró libre y con una pequeña fortuna a sus pies. Agradecido, tomó lo necesario y decidió marcharse a un lugar donde la bondad no fuera motivo de sospecha.
Cuando el sol salió, los aldeanos encontraron solo un montón de astillas y la ausencia del prisionero.
—Los dioses se lo han llevado —murmuraron, temerosos.
Así fue como Kemba pudo rehacer su vida en otro sitio, lejos del odio.
Reflexión
La vieja leyenda de las hormigas y el aldeano humilde recuerda un principio que no envejece: lo que damos al mundo, el mundo nos lo devuelve. A veces toma caminos insólitos, a veces llega por manos inesperadas, pero siempre regresa. La generosidad auténtica —esa que no se calcula, que no pide aplausos, que no imagina recompensas— termina abriendo puertas donde antes solo había paredes.
En cambio, la avaricia encierra. Quien vive cuidando su tesoro termina aislado dentro de él. No pierde por castigo sobrenatural: pierde porque su propio encierro lo deja sin amigos, sin afecto, sin vínculos y sin paz. El que retiene todo, se queda solo. El que comparte lo poco que tiene, encuentra acompañamiento en cada paso.
La leyenda exagera, dramatiza y juega con lo maravilloso —como todas las buenas historias populares—, pero su sentido es claro y vigente:
el bien que hacemos vuelve; el que negamos, nos vuelve la espalda.
Y aunque a veces la vida tarda, siempre termina saldando la cuenta.
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© 2001 Lilian Rodríguez — Poemario Jardín en la niebla
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