Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
El monje y el tronco
Cuando el invierno se retiraba del valle, el viejo Li, un maestro artesano de la aldea, encontró un tronco caído junto al arroyo. No era especialmente hermoso: torcido, áspero, con una veta indócil que parecía resistirse a cualquier intento de tallado. Lo midió con la mirada. Aproximadamente un metro.
Perfecto para lo que necesitaba.
Lo cargó sobre el hombro y subió hasta el pequeño taller, una habitación abierta, casi vacía, donde la luz entraba filtrada por la higuera del patio. Dejó el tronco en la mesa y lo observó en silencio. El tronco parecía observarlo a él, receloso.
—Veamos qué escondés —murmuró.
Durante días, Li trabajó con parsimonia. No tenía prisa, y tampoco buscaba imponer su voluntad sobre la madera. La escuchaba. Cada golpe de cincel abría una conversación. Talló primero el exterior, retirando lo que sobraba sin apuro. El tronco reveló zonas más blandas, otras más firmes, algunas casi quebradizas. A cada irregularidad, Li respondía con paciencia.
Los jóvenes aprendices lo miraban con curiosidad.
—Maestro, ¿para qué sirve ese tronco tan torcido? —preguntó uno.
—Para aprender a dejar de torcerse uno mismo —respondió Li sin dejar de trabajar.
Cuando la forma general apareció, el maestro comenzó lo que realmente le importaba: el interior. Ahí estaba el secreto. Abrió hendiduras, cavidades, pequeños huecos delicados donde la madera cedía apenas lo suficiente. De esas cavidades nacerían los cuencos y las cucharas.
Con una fineza casi ritual, separó las piezas una por una: tres cuencos de distintos tamaños, cada uno con un espesor que parecía imposible; dos cucharas con mangos ligeros, nacidos directamente de la curvatura natural del tronco; una pieza final, pequeña, parecida a un cuenco diminuto, que solo él entendía para qué servía.
Cuando todo estuvo terminado, Li lavó las piezas en el arroyo, les aplicó aceite de sésamo y las llevó al taller. Colocó sobre una de las mesas enormes los cuencos alineados, las cucharas a los costados, y la pequeña pieza al centro, como un punto final silencioso.
Uno de los aprendices preguntó:
—Maestro, ¿para qué son? ¿Para comer? ¿Para el té?
Li negó con un gesto suave.
—Son para recordar algo. Este tronco era uno solo. Torpe, irregular, obstinado. Pero en su interior ya estaban todas estas formas. Lo único que hice fue dejarlas salir.
El joven tocó uno de los cuencos. Era liviano, cálido, firme.
—¿Y qué debemos aprender de eso, maestro?
Li sonrió con humildad.
—Que cada uno carga dentro lo que puede llegar a ser. El trabajo es descubrirlo sin romperse.
Y, satisfecho, volvió al trabajo en silencio.
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