Los bebés juegan, mucho antes de los juguetes.
¿Qué hace un bebé cuando todavía no puede correr, hablar, construir torres ni jugar a las escondidas? La mayoría de los adultos respondería que “todavía es chiquito, solo llora, come y duerme”. Sin embargo, desde la psicología del desarrollo, la realidad es muy diferente. Mucho antes de que aparezcan los juguetes, las reglas o los compañeros de juego, los bebés ya están inmersos en una intensa actividad exploratoria que constituye una de las formas más tempranas y fundamentales del juego.
Un bebé que mueve sus manos frente a los ojos durante varios minutos, que observa fascinado el movimiento de sus dedos o que repite una y otra vez una misma acción aparentemente simple no está perdiendo el tiempo. Tampoco está actuando al azar. A través de esos pequeños movimientos comienza a descubrir las posibilidades de su cuerpo y las características del mundo que lo rodea. Cada gesto, cada sensación y cada experiencia nueva aporta información valiosa para un cerebro que se encuentra en pleno proceso de organización y crecimiento.
Desde esta perspectiva, los primeros juegos no comienzan con sonajeros, muñecos o bloques de construcción. Comienzan con el propio cuerpo. Las manos, los pies, la boca, los sonidos que el bebé produce y las respuestas que obtiene del entorno se convierten en los primeros objetos de exploración. Lo que para un adulto puede parecer una conducta rutinaria o insignificante constituye, en realidad, una actividad compleja mediante la cual el niño empieza a construir conocimientos sobre sí mismo y sobre la realidad.
Jean Piaget (1962) consideró que durante los primeros meses de vida el aprendizaje se desarrolla principalmente a través de la acción. El bebé conoce el mundo tocándolo, moviéndose, observando los efectos de sus conductas y repitiendo aquellas experiencias que le resultan interesantes. Por eso, comprender los primeros juegos implica abandonar la idea de que jugar consiste únicamente en entretenerse. En los inicios de la vida, jugar y aprender forman parte de un mismo proceso. Cada movimiento repetido, cada objeto explorado y cada nueva sensación representan pequeños pasos en la construcción de capacidades que acompañarán al niño durante todo su desarrollo.
El cuerpo como primer espacio de juego
Desde la perspectiva de este autor, los primeros meses de vida corresponden al denominado período sensoriomotor, una etapa en la que el conocimiento se construye a través de la acción directa sobre el mundo. El bebé todavía no dispone de lenguaje, imaginación simbólica ni representaciones mentales complejas. Aprende mediante el movimiento, las sensaciones, el contacto con los objetos y la repetición de acciones que le permiten descubrir progresivamente las características de su entorno.
Uno de los aspectos más fascinantes de este período es que el propio cuerpo se convierte en el primer territorio de exploración. Los bebés observan sus manos durante largos momentos, abren y cierran los dedos, tocan su rostro, descubren sus pies y los llevan a la boca con evidente curiosidad. Estas acciones, aparentemente insignificantes, constituyen verdaderos descubrimientos. A través de ellas comienzan a reconocer sensaciones, movimientos y límites corporales que les permiten construir una experiencia cada vez más integrada de sí mismos.
De esta manera, cada movimiento voluntario, cada contacto y cada sensación contribuyen a organizar una percepción más estable de sí mismo. En este sentido, los primeros juegos no solo favorecen el aprendizaje sobre el mundo externo, sino también la construcción de la propia identidad corporal.
Autores como Donald Winnicott (1972) señalaron posteriormente la importancia de estas experiencias tempranas en el desarrollo emocional. Antes de poder imaginar personajes, asumir roles o participar en juegos compartidos, el bebé necesita construir una sensación básica de continuidad y existencia personal. Los primeros juegos corporales constituyen uno de los caminos mediante los cuales comienza a establecerse esa experiencia fundamental. Mucho antes de jugar con objetos, el bebé juega consigo mismo; y en ese proceso empieza a descubrir quién es y dónde termina su cuerpo para comenzar el mundo.
Cuando los objetos entran en el juego
Uno de los grandes hitos de los primeros meses de vida es la aparición de la prensión voluntaria. En algún momento, aquello que inicialmente ocurría por reflejo comienza a transformarse en una acción intencional. El bebé ya no solo entra en contacto accidental con los objetos: empieza a buscarlos, tomarlos y manipularlos.
Tomar un objeto, sostenerlo, observarlo, cambiarlo de una mano a otra o dejarlo caer son experiencias que permiten descubrir propiedades fundamentales del mundo físico. A través de estas acciones, el bebé comienza a reconocer tamaños, formas, pesos y texturas. También descubre que puede actuar sobre las cosas y producir cambios en el ambiente. El objeto deja de ser algo que simplemente aparece ante sus sentidos para convertirse en algo sobre lo que puede intervenir.
Desde la perspectiva del desarrollo cognitivo, la prensión constituye una verdadera revolución. El bebé empieza a construir una relación activa con el mundo. Cada objeto tomado, explorado o soltado amplía su conocimiento sobre la realidad y sobre sus propias capacidades.
Otro comportamiento que suele llamar la atención de los adultos es la tendencia de los bebés a llevarse todo a la boca. Llaves, juguetes, mantas, dedos, pies y cualquier objeto que llegue a sus manos parece tener el mismo destino. Con frecuencia, los padres intentan evitarlo pensando que se trata de una costumbre sin demasiado sentido o de una conducta que debería corregirse cuanto antes. Sin embargo, desde la psicología del desarrollo, esta actividad cumple una función exploratoria fundamental.
Durante los primeros meses de vida, la boca constituye una de las principales vías de conocimiento del entorno. A través de ella, el bebé obtiene información que todavía no puede adquirir de otras maneras. Las distintas texturas, temperaturas, tamaños, consistencias y formas son registradas mediante una exploración que involucra tanto la sensibilidad oral como la manipulación simultánea del objeto. Lo que para un adulto parece simplemente chupar o morder, para el bebé representa una auténtica investigación sobre las características del mundo.
Repetir para descubrir y aprender
Existe además una característica de los bebés que suele despertar tanto fascinación como agotamiento en quienes los cuidan: la repetición constante de ciertas acciones. Un bebé mueve una mano una y otra vez frente a sus ojos. Hace sonar repetidamente un objeto. Golpea una superficie durante varios minutos. Deja caer algo al suelo para volver a hacerlo apenas se lo devuelven. Este juego puede parecernos una conducta monótona o incluso carente de sentido. Sin embargo, Piaget (1962) describió estas repeticiones como uno de los motores fundamentales del aprendizaje temprano.
El autor denominó “reacciones circulares” a estas secuencias en las que el bebé descubre accidentalmente un efecto interesante y decide repetir la acción que lo produjo. La repetición permite confirmar lo aprendido, explorar variaciones y consolidar nuevas habilidades. Cada vez que el niño reproduce una conducta, obtiene información adicional sobre las relaciones entre sus movimientos y las consecuencias que generan en el entorno.
Lejos de expresar aburrimiento o falta de iniciativa, este juego constituye una forma activa de investigación. Por eso, detrás de muchas conductas repetitivas que desconciertan a los adultos se encuentra uno de los mecanismos más poderosos del desarrollo humano: el placer de descubrir.
Como pudimos ver, los primeros juegos del bebé suelen pasar desapercibidos porque se alejan mucho de la idea tradicional que tenemos acerca del juego. No hay reglas, personajes, juguetes complejos ni historias imaginarias. Sin embargo, detrás de cada mano que se mueve frente a los ojos, de cada objeto que es llevado a la boca o de cada acción repetida una y otra vez, se encuentra un proceso extraordinario de aprendizaje y desarrollo.
Podemos decir entonces, que ell juego constituye desde los primeros meses una herramienta fundamental para el desarrollo cognitivo, emocional y corporal. Cada exploración, cada descubrimiento y cada repetición contribuyen a la formación de capacidades que más adelante permitirán el surgimiento del lenguaje, la imaginación, el pensamiento simbólico y las habilidades sociales. En cierto sentido, muchos de los aprendizajes más complejos de la vida tienen sus raíces en estos primeros encuentros lúdicos con la realidad.
Comprender la importancia de estos juegos tempranos también permite reconocer el papel fundamental que cumplen los adultos y los hermanos mayores durante esta etapa. Cada sonrisa compartida, cada objeto acercado a las manos del bebé, cada respuesta a sus intentos de exploración y cada momento de interacción enriquecen una experiencia de aprendizaje que ya se encuentra en marcha.
El desarrollo no ocurre en soledad: se construye en el encuentro con otros. Padres, madres, hermanos y cuidadores se convierten así en compañeros de descubrimiento, ofreciendo seguridad, estímulo y oportunidades para explorar el mundo. Acompañar estos primeros juegos con presencia, paciencia y disponibilidad afectiva no solo favorece el aprendizaje, sino que también fortalece los vínculos que sostendrán el crecimiento emocional del niño durante los años posteriores.
En el próximo artículo avanzaremos hacia una nueva etapa de esta aventura. Una vez que el bebé comienza a descubrir su cuerpo y a actuar sobre el entorno, el mundo entero se transforma en un objeto de exploración.
Tocará, observará, escuchará, golpeará, manipulará y experimentará con todo aquello que encuentre a su alcance. Entraremos entonces en el fascinante universo de la exploración sensorial, una forma de juego que amplía progresivamente los horizontes del aprendizaje y la curiosidad.
Referencias
Piaget, J. (1962). La formación del símbolo en el niño: imitación, juego y sueño; imagen y representación. Fondo de Cultura Económica.
Winnicott, D. W. (1972). Realidad y juego. Granica.
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