El faro apagado de Benicio de Seeonee

El faro apagado de Benicio de Seeonee

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

El faro apagado

El pueblo había crecido alrededor del faro. No figuraba en los folletos turísticos ni en los mapas modernos, pero todos sabían llegar porque, de noche, la luz seguía cumpliendo su tarea con una obstinación casi humana. El faro era viejo, de piedra gruesa, levantado cuando la costa todavía no tenía nombre y el mar imponía respeto.

Los pescadores decían que sin esa luz muchos no habrían vuelto jamás, y los más ancianos juraban que el ritmo del pueblo se había acomodado, sin saberlo, al pulso de su destello.

Un invierno empezó el rumor de la mano de una grieta en la base. Poco después, la humedad que avanzaba por dentro y, finalmente, el informe de un ingeniero enviado desde la capital: el faro estaba fatigado. No iba a caerse de inmediato, pero ya no resistiría muchos años más. Había que decidir qué hacer.

Ahí nació la división. 

Un grupo sostuvo que el faro debía conservarse tal como estaba. Repararlo, apuntalarlo, reforzarlo si hacía falta, pero jamás tocar su estructura original. Decían que derribarlo sería borrar la historia del pueblo, traicionar a los muertos, renunciar a lo que los había mantenido unidos durante generaciones. 

Del otro lado surgió la idea de construir una torre nueva, más moderna, más eficiente, con tecnología actual. Argumentaban que el faro viejo ya había cumplido su función y que aferrarse a él era condenar al pueblo a vivir del recuerdo.

Al principio las discusiones eran correctas, casi educadas. Se hablaba en la plaza, en el muelle, en el almacén. Pero pronto empezaron los gestos mínimos que anuncian cosas más grandes: alguien dejó de saludar, otro cambió de vereda, una mesa quedó vacía en el bar. Defender el faro o defender el futuro dejó de ser una opinión y pasó a ser una identidad.

Los defensores del faro comenzaron a vigilarlo. Literalmente. Armaron turnos nocturnos, colgaron carteles, denunciaron cualquier intento de medición como un ataque encubierto. Decían cuidarlo, pero nadie subía ya a encenderlo con la misma dedicación. 

Los otros, los que querían lo nuevo, trajeron planos, maquetas, promesas de inversión. Cada vez hablaban menos del mar y más de números. El faro seguía ahí, encendido a medias, mientras todos discutían por él, pero sin mirarlo de verdad.

Con el tiempo, por el abandono y falta de mantenimiento, la luz empezó a fallar. Cada grupo estaba demasiado ocupado defendiendo su postura como para encargarse de los cuidados necesarios. El faro se convirtió en una trinchera simbólica. Nadie cedía. Nadie escuchaba. Y lo más curioso: ya casi nadie hablaba de los barcos.

La noche en que un pesquero encalló contra las rocas, no hubo gritos ni sorpresas. Fue una noticia seca, inevitable. El mar había hecho lo suyo, otra vez. Al día siguiente, el faro seguía en pie, pero apagado por desgaste. El pueblo amaneció en silencio.

Días después y sin ceremonias ni discursos, desmontaron la lámpara. Por supuesto no hubo torre nueva ni restauración con tecnología moderna. El conflicto había consumido el tiempo, la energía y la voluntad de todos. El faro quedó ahí, intacto en apariencia, inútil en los hechos. Un monumento a algo que nadie supo sostener.

Con los años, los más jóvenes se fueron. Los viejos dejaron de discutir. El faro siguió recortándose contra el cielo, sólido como siempre, pero oscuro como nunca. 

Todavía hoy, cuando alguien pregunta qué pasó, cada cual da su versión. Lo que casi nadie dice es que, mientras se empeñaban en defenderlo, se olvidaron de para qué servía.

Autor: Benicio de Seeonee

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