Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
“Cuando el amor se enferma”
Una serie de relatos de ficción que exploran los límites del amor cuando se contamina con otras emociones al punto de transformarse en algo poco menos que monstruoso. Los personajes no son reales. Las historias son solo relatos que buscan exponer con crudeza hasta dónde puede llegar alguien que confunde el amor con otra cosa. Porque lo que estos personajes sienten no es amor, aunque lo digan con devoción.
Él la conoció en un momento de esos donde uno cree que la vida ya le mostró casi todo. Treinta y seis años, ordenado, eficiente, de esos tipos que cumplen en silencio. Martina apareció en su vida un martes a la mañana, frente al ascensor del trabajo. Tenía una carpeta apretada contra el pecho y el gesto ansioso de alguien que teme no estar a la altura.
Él la dejó pasar primero; ella lo miró con una gratitud exagerada.
—Gracias… es que todavía me pierdo, soy medio un desastre —dijo ella con timidez.
A él le pareció tierno.
Martina era la clase de mujer que parecía pedir permiso para existir. Le temblaban las manos cuando le acercaba un mate; pedía disculpas cada diez minutos; se sobresaltaba cuando sonaba el celular. Él sintió que era alguien frágil. Pensó que quizás su vida no había sido sencilla. Que debía ser alguien a quien podía cuidar sin sentir que lo estaban usando. Esa sensación lo calmaba, lo ordenaba. Martina parecía necesitarlo. Y que alguien lo necesitara así, de forma tan evidente, le resultaba casi conmovedor.
Edagardo decidió dar el paso y acercarse a Martina. Ella se mostró sorprendida, como si no fuera digna de las atenciones de él. Sin embargo, no tardó en notar las primeras señales de cariño. Ella le decía que cuando él salía con sus amigos, se sentía inquieta. Que incluso a veces no podía respirar, que le daba taquicardia, que se mareaba. Edgardo comenzó a preocuparse, ¿sería que ella lo amaba demasiado? Empezó a quedarse.
Primero una vez, para que ella supiera que él solo iba a jugar a la pelota y regresaría. Pero no hubo cambios y cada vez que salía ella se descompensaba. Finalmente él decidió hacer a un lado los partidos con amigos, por lo menos por un tiempo, hasta que la relación se consolide un poco más.
Martina, dulce, temblorosa, lo abrazaba agradecida cada vez que él tenía una de esas atenciones.
—No imaginas lo mucho que me ayudas. Eres lo único que me calma.
Él empezaba a sentir que, por primera vez en su vida, era indispensable. Era una sensación inmensa, que lo llenaba y a veces lo desbordaba. No obstante, su mundo se fue achicando sin que lo notara. Se alejó de sus amigos, de su familia, de sus rutinas. Ella siempre encontraba una manera de necesitarlo. Siempre. Él empezó a vivir para que ella estuviera bien. Esa vulnerabilidad de Martina lo tenía envuelto. Lo hacía sentir fuerte. Útil. Valioso.
Unos meses después, llevaban una vida tranquila. Edgardo consideró que ya habían pasado juntos mucho tiempo y que ella debía sentirse más segura, por lo que esa tarde llegó sonriente de la oficina y le dijo, con cuidado, que quería volver a jugar fútbol los jueves.
—Un rato. Nada más —agregó para tranquilizarla.
Ella lo miró fijo, sin pestañear, y sonrió. Demasiado tranquila.
—Está bien. Si quieres ir, ve. Yo entiendo.
Él sintió alivio, pero un alivio raro, como si hubiese logrado algo de tipo sacrificial. Era un alivio cargado de culpa. Salió con sus cosas, se encontró con sus amigos, pero nada le resultó agradable. No veía la hora de regresar a casa y ver cómo estaba ella. Sus amigos le advirtieron que eso no podía ser algo sano, pero Edgardo solo estaba un poco preocupado.
A la mañana siguiente, por alguna razón él sintió la necesidad de agasajar a Martina con un desayuno diferente. Salió temprano a la panadería y regresó dispuesto a preparar todo. Pero algo lo sorprendió. Ella estaba ansiosa, casi desesperada, asustada porque él había salido mientras ella dormía.
Con calma, con amor, y con paciencia, Edgardo le dijo que se quedara tranquila que él se encargaría de todo. Ella asintió. Pero el sobresalto no se disipaba. Dos días seguidos en que él se iba de la casa sin ella. Dos días seguidos de separación. Era inaceptable para la mujer. Sabía lo que pasaría. No tardaría en ausentarse luego de la oficina. O un fin de semana. Siempre era igual.
Ella había dejado de trabajar para dedicarse a él, exclusivamente, y él no tenía problema en irse y dejarla sola sin decir nada. Martina estaba intentando ordenar sus ideas, resistir el miedo y la ansiedad que sentía. Mientras él, más que feliz, canturreaba en la cocina. Porque Edgardo en verdad pensaba que habían superado la etapa de la inseguridad.
La hermana de él acababa de tener un bebé. Edgardo iba a ser el padrino. Esa tarde en cuanto le avisaron, llamó a Martina y le contó emocionado que su sobrina había nacido y que iría a conocerla luego de la oficina. Si ella quería acompañarlo sería genial, ya que hacía mucho que no veía a su familia.
Pero Martina se excusó diciendo que no se sentía bien. Pero si él quería ir, que fuera. Y él fue. La joven estaba conmocionada. No podía entender qué estaba funcionando mal. En qué se había equivocado. Cuando Edgardo llegó, cenaron juntos y ella lo observaba mientras le contaba, muy emocionado, lo preciosa que era esa pequeña. Martina sintió algo dentro de ella que no podía identificar.
Sonrió de manera apocada, recogió todo. Limpió la cocina y luego se acostaron.
El jueves, él llegó de la oficina y la casa estaba impecable. Sonrió, olía a pastel. No podía sentirse más feliz. Caminó a su cuarto y la vio sentada en la cama. Se acercó a ella, besó su frente como cada día y le preguntó cómo había estado su día. Ella comentó una cosa o dos y él se fue a cambiar. Al salir ya no estaba en la habitación. Él se preparó y preparó su bolso.
Martina estaba en la cocina. Con un enorme cuchillo en su mano. Edgardo se acercó a saludarla, sin imaginar que el cuchillo no era para el pastel. Sintió cómo la hoja afilada cuidadosamente se incrustaba en su vientre, atravesándolo.
—¿Y ahora dónde irás sin mi? —dijo ella.
Él estaba sin aliento, intentó hablar, aclarar las cosas. Pero ella lo observaba como si estuviera frente a un experimento que estaba fallando. Edgardo pudo ver cómo la fragilidad de su esposa se evaporó en un solo parpadeo. Ya no había temblor, ya no había ansiedad.
Una sutil mueca que quizás era una sonrisa, asomó en el rostro de Martina mientras retiraba el cuchillo.
No. Esa no era su esposa. Era otra persona. Una que él nunca había visto, pero que siempre estuvo ahí. Él atinó a salir de la casa. Quiso irse, por primera vez. Cubrió su herida y se dirigió tambaleante hacia la puerta. Ella no iba a permitirlo. No estaba dispuesta a perder lo que había construido con tanta dedicación.
Fue rápido. Frío. Matemático. Como todo lo que ella hacía. Apretó el cuchillo en su mano con la misma naturalidad con la que otros toman una lapicera.
—Ya sabes que eres el único que me calma.
La voz de Martina sonaba calmada, pero su mirada era escalofriante. Empezó una vez. Dos. Tres. El cuerpo de él retrocedió, intentando escapar del la hoja del cuchillo, pero ella avanzó con un ritmo casi meticuloso. Veinticinco puñaladas después, Martina estaba jadeando, no de desesperación, sino de agotamiento. Él quedó tendido en el piso. Ella se sentó al lado, apoyada contra la mesada, y recién ahí tembló. No de miedo. De alivio. Él ya no se iría.
Luego de unos minutos, limpió lo que pudo, dejó lo que le convenía, llamó a la policía diciendo que había sido un ataque, que él se puso violento, que ella solo se defendió. La imagen de víctima, su especialidad, volvió a escena sin un solo error técnico.
Y mientras declaraba, Martina no lloró. No tuvo ansiedad. No pidió contención. Solo repitió lo necesario con una precisión que hasta a los peritos les sonó irreal. Como si narrara un procedimiento. Porque en el fondo, para ella, eso era: un experimento que terminó como debía.
Ella estaba tranquila. Demasiado tranquila. Segura de que todo saldría como lo había pensado.
Por eso, en el momento en que la esposaron, comenzó a gritar descontrolada. Eso no estaba previsto. Las cosas no debían ser así.
Ella no debía irse de la casa.
Él ya no se iría, ella debía quedarse con él.
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