El canto más seguro de Benicio de Seeonee

El canto más seguro de Benicio de Seeonee

El canto más seguro

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Cuando el rumor empezó a correr por la pradera, nadie lo tomó demasiado en serio. Siempre había discusiones, siempre había comparaciones. Pero esta vez era distinto: se proponía elegir cuál era la voz que mejor representaba a todos.

Una voz que unificara a todas las especies y buscara lo mejor para todos. Pero no se traba de un discurso, habían pensado en algo más ameno, por lo que organizaron una competencia en la cual los candidatos tenían que cantar. Pero no se trataba solo de cantar bien. Se trataba de prestigio. De ocupar un lugar. De ser escuchado.

Cuando el claro estuvo lleno, nadie recordaba bien quién había tenido la idea. Sólo sabían que había llegado el momento de elegir. Durante semanas se había hablado de ordenar la vida del lugar, de escoger a alguien que guiara, que pusiera voz a lo que todos compartían y nadie terminaba de decir.

No faltaron candidatos. Algunos tenían fuerza. Otros inteligencia. Algunos, experiencia. Otros, carisma. Cada uno, a su modo, destacaba por algo que los demás no podían ignorar.

La elección no sería pública. La lechuza, que había pasado tiempo cerca de los humanos, explicó cómo funcionaban esas cosas: cada participante tendría derecho a un voto. Nadie sabría a quién había elegido el otro. Como nadie quería exponerse, estuvieron de acuerdo. Cada uno escribiría un nombre y lo dejaría en una urna, lejos de miradas y explicaciones. Así, decían, sería más justo.

Se anotaron muchos. El ruiseñor con su canto preciso. El zorzal con su fuerza. El sapo, orgulloso de su constancia nocturna. Incluso el mono, convencido de que su voz, aunque desordenada, tenía personalidad. Cada uno estaba seguro de algo: que tenía motivos para ganar.

El día señalado, uno a uno fueron pasando al centro del claro. Algunos cantaron con entusiasmo, otros con nervios. El cuervo hizo estremecer a todos con su oscuridad y aspereza. El pavo real hizo una interpretación llena de belleza, pero sin armonía. La hiena, los dejó a todos más que perturbados, pero luego el grillo les trajo un sonido conocido que devolvió la calma al auditorio.

Hubo aplausos sinceros, silencios incómodos y alguna risa disimulada. Todos escucharon. Todos evaluaron. Todos compararon.

Luego llegó el momento de votar. 

Cada animal se apartó unos pasos, escribió un nombre y lo dejó caer dentro del tronco hueco que hacía de urna. Uno a uno fueron pasando. Algunos dudaron largo rato antes de escribir. Otros lo hicieron rápido. Nadie conversó. Nadie preguntó. Cada cual se quedó solo con su lápiz y sus temores. Nadie quería ser visto dudando.

Cuando la lechuza comenzó a leer los votos, el ambiente cambió.

El primer nombre no sorprendió. El segundo, tampoco. Pero cuando el mismo nombre empezó a repetirse una y otra vez, algo se tensó en el aire. El nombre que más se repetía no era el del más capaz, ni el del más respetado, ni el del más lúcido. Era el del que nunca molestaba. El que no opinaba demasiado. El que no incomodaba a nadie. El que no despertaba admiración… ni envidia. Habían elegido al sapo. Algunos bajaron la mirada. Otros fingieron alivio. Pero nadie protestó.

El elegido aceptó con torpeza, casi pidiendo disculpas. Dijo que haría lo que pudiera, que no esperaba demasiado de sí mismo y que tampoco exigiría mucho a los demás. Eso tranquilizó al grupo. Lo curioso era que no habían elegido a la mejor voz. Su voz era apenas un murmullo arrastrado, monótono, casi imperceptible que se perdía bajo la estridencia de los grillos. Nadie recordaba una sola vez haberlo escuchado con atención. No obstante, lo habían elegido porque no competía con nadie.

El sapo no eclipsaba. No desafiaba. No dejaba en evidencia a ningún otro. La pradera siguió igual. Sin conflictos, sin brillo. Sin crecimiento.

Mucho tiempo después, la lechuza explicaba lo ocurrido, no habían elegido la mejor voz. Habían elegido la que no obligaba a nadie a revisar la propia.

Porque cuando se vota desde el miedo a perder, no se busca excelencia. Se busca tranquilidad. Y casi siempre, se la compra al precio de la mediocridad.

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Autor: Benicio de Seeonee


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