El discípulo y sus celos
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
En el monasterio de Qinghe, donde el silencio era tan antiguo como las montañas, vivía un joven discípulo llamado Jiro. Era aplicado, respetuoso y atento, pero tenía un problema muy serio que no dejaba de perturbar su espíritu. Cada vez que su maestro, Kaiwen, dedicaba tiempo a otro aprendiz, Jiro sentía un nudo extraño en el pecho.
Una tarde, Jiro encontró al maestro en el pabellón de té. Kaiwen calentaba el agua con una serenidad que desarmaba cualquier inquietud.
Jiro se inclinó y, con la voz baja, decidió hablar:
—Maestro… siento que se me escapa la calma cuando lo veo enseñar a otros. Me duele el corazón, como si perdiera su guía. ¿Por qué me pasa esto?
Kaiwen no respondió enseguida. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera. Jiro caminó detrás de él
—Observa, el jardín del monasterio. En este jardín crecen muchas flores: lotos, cerezos y bambúes. ¿Acaso el loto desea ser un cerezo, o el bambú envidia la flor del loto?
Jiro bajó su mirada.
—Cada flor florece a su debido tiempo, con su propia belleza y gracia, nutrida por la misma lluvia y el mismo sol. Tu camino es único, Jiro, así como lo es el de tus hermanos. La luz que brilla en ellos no apaga la tuya; alumbra el camino para todos —dijo Kaiwen con suavidad firme—. Los celos son como un veneno que tú mismo bebes, esperando que otro sufra.
—-Pero yo no quiero que nadie más sufra.
Kaiwen sonrió. Jiro se alejó hacia la mesa y se sentó, apesadumbrado.
—Yo siento que si usted guía a otros, yo… —balbuceó avergonzado.
Kaiwen caminó hacia el muchacho y se sentó a su lado.
—Jiro, un maestro no es posesión de un discípulo. Ni un discípulo pertenece al maestro. Somos viajeros que comparten un tramo del camino. Pero no olvides que el camino hacia la iluminación es individual, aunque lo recorramos juntos.
—¿Y cómo hago para no perder la calma? —preguntó.
Kaiwen le apoyó una mano en el hombro.
—Si no puedes evitar el sentir, puedes dejar de preocuparte por él.
Jiro pensó un momento.
—Cuando aceptas que nada te pertenece, todo es más liviano —dijo Kaiwen.
Jiro respiró hondo alzó su mirada hacia la ventana y miró el jardín.
Por primera vez, entendió que para cultivar la paz interior, tenía que reforzar la confianza en sí mismo, reconociendo que no se puede controlar a otra persona, pero sí se puede trabajar en la propia mente y emociones.
REFLEXIÓN ORIENTAL
Los celos brotan de la ilusión de posesión. Quien teme perder, se encadena; quien confía en el lazo, lo fortalece. Nada que se sostiene con fuerza permanece. Todo lo que se acompaña con calma se vuelve verdadero.
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