El día equivocado de Benicio de Seeonee

El día equivocado de Benicio de Seeonee

El día equivocado

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Durante años, nadie dudó de la capacidad de Esteban para conducir el área que le habían confiado. No era carismático ni especialmente brillante, pero tenía algo que muchos valoraban por encima de todo: cuando estaba bien, decidía con rapidez y parecía tener una claridad envidiable. Los días en que llegaba temprano, silbando bajo, las cosas fluían. Aprobaba proyectos, concedía permisos, escuchaba propuestas. Su despacho se volvía un lugar transitable, casi humano. Algunos incluso decían que trabajar con él, en esos momentos, era un privilegio.

Pero había otros días.

No se anunciaban con estruendo. No llegaban con tragedias visibles. Simplemente amanecía distinto. El mismo café de siempre le sabía mal, el mismo pasillo resultaba largo, las mismas voces sonaban inoportunas. En esos días, Esteban sentía que el mundo le exigía más de lo que podía dar y que todos parecían empeñados en recordárselo. Entonces cerraba la puerta, demoraba respuestas, rechazaba pedidos que había aprobado la semana anterior. Donde antes veía posibilidades, ahora veía amenazas. Donde había compromiso, ahora sospechaba abuso.

Con el tiempo, quienes dependían de sus decisiones aprendieron a leer los signos. Si Esteban estaba de buen ánimo, convenía hablar. Si no, lo mejor era esperar. El problema era que nadie sabía cuánto duraría cada estado, ni qué consecuencias tendría intentar algo en el momento equivocado.

Con el tiempo, él mismo empezó a notarlo. A veces revisaba documentos firmados semanas atrás y no recordaba por qué había sido tan generoso. O, al revés, encontraba rechazos tajantes que ahora le parecían injustificables. Se decía que estaba cansado, que la responsabilidad pesaba, que todos tenían días malos. Y seguía adelante.

Hasta que una tarde tomó una decisión que no parecía distinta a tantas otras. Un expediente quedó sobre su escritorio más tiempo del habitual. No era urgente, no era grave, no era excepcional. Podía resolverse con una llamada, con una firma, con un gesto mínimo. Pero ese día Esteban estaba agotado, molesto, saturado de pedidos. Leyó el informe con fastidio, sintió que le pedían demasiado y decidió postergarlo. “Mañana lo veo”, pensó. Cerró la carpeta y se fue.

Al día siguiente, el asunto ya no estaba. Tampoco la posibilidad de resolverlo. Lo que se había demorado se había transformado en un problema irreversible. Hubo consecuencias, nombres propios, daño real. Gente que perdió algo importante por una decisión que, en el fondo, no había sido una decisión, sino una postergación nacida de un estado de ánimo.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Esteban no pudo dormir. Empezó a comprender que había gobernado demasiado tiempo creyendo que lo que sentía era un criterio válido. Había confundido estados internos con verdades externas. Había actuado como si su cansancio, su entusiasmo o su hartazgo fueran argumentos suficientes para definir el destino de otros.

Buscando distraerse, abrió un cajón antiguo del escritorio. Allí encontró una nota olvidada, escrita de su puño y letra años atrás, cuando recién asumía el cargo. No recordaba haberla guardado. Decía apenas una línea, sin subrayados ni énfasis:

“Esto que sientes ahora también va a pasar.”

Leyó la frase varias veces. No le trajo alivio. No reparó lo ocurrido. Pero introdujo algo que hasta entonces había faltado: distancia.

Se dio cuenta que el problema nunca había sido sentirse bien o mal. Eso era humano. El problema había sido actuar como si esos estados fueran permanentes, como si justificaran todo. Como si lo que hoy parecía claro no pudiera ser mañana un error.

Desde entonces, Esteban no se volvió más sabio ni más justo de golpe. Pero incorporó una pausa. Aprendió a no firmar desde la euforia ni a rechazar desde el fastidio. Aprendió —tarde, pero aprendió— que el tiempo interior no siempre coincide con el tiempo de las decisiones, y que confundirlos puede costar caro.

Porque los estados pasan. Las decisiones, no siempre.

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Autor: Benicio de Seeonee

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