El vaso medio lleno
Un joven discípulo llegó al maestro con una sonrisa confiada y un vaso en la mano, apenas lleno a la mitad.
—Maestro —dijo—, he aprendido a ver el vaso medio lleno. Ya no me quejo del vacío, agradezco lo que tengo.
El maestro asintió y le ofreció una taza de té humeante.
—Eso es bueno —respondió—. Pero dime, ¿sientes sed?
El discípulo bebió un sorbo y negó con la cabeza.
—No, maestro. Estoy contento.
—Entonces, ¿para qué llevas ese vaso en la mano? —preguntó el maestro, señalando el vaso.
El joven lo miró, sorprendido.
—Para recordarme ser agradecido.
El maestro sonrió con paciencia.
—Agradecer es sabio. Pero el vaso medio lleno solo calma la vista. No siempre calma la sed.
El discípulo frunció el ceño.
—¿Qué debo hacer entonces?
El maestro posó la taza y se recostó.
—Buscar la fuente. No solo aceptar lo que hay, sino ir a la raíz de la necesidad. No conformarse con poco cuando el alma pide plenitud.
El joven meditó.
—¿Y si no puedo encontrarla?
—Entonces camina con el vaso en la mano, siempre agradecido. Pero no olvides que el agradecimiento es el camino, no el destino.
Reflexión final:
Ver el vaso medio lleno es sabio, pero no dejes que esa visión te impida buscar la fuente. El alma no se calma con ilusión, sino con verdad.

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