Si no pides, no recibes, pero si lo haces, sí

Si no pides, no recibes, pero si lo haces, sí

Si no pides, no recibes, pero si lo haces, sí

Mi mujer Linda y yo vivimos en Miami, Florida. Acabábamos de iniciar nuestro programa de formación de la autoestima llamado Pequeñas Bellotas para enseñar a los niños cómo decir no a las drogas, a la promiscuidad sexual y a otros comportamientos autodestructivos, cuando recibimos un folleto sobre un congreso educativo a realizarse en San Diego. Al leerlo, nos dimos cuenta de que iba a estar todo el mundo allí y que debíamos ir. Pero no veíamos cómo. 

Recién empezábamos, trabajábamos mucho fuera de casa y habíamos agotado nuestros ahorros personales en las etapas iniciales del trabajo. Era imposible comprar los pasajes de avión o afrontar cualquier otro gasto. Pero sabíamos que teníamos que estar allí, así que empezamos a pedir.

Lo primero que hice fue llamar a los coordinadores del congreso en San Diego, explicarles por que teníamos que ir y pedirles que nos dieran la matricula gratis. Cuando expliqué nuestra situación, qué hacíamos y por qué necesitábamos estar presentes, dijeron que sí. De modo que ya teníamos la entrada. 

Le dije a Linda que había conseguido la inscripción y que podíamos asistir al congreso.

–-¡Estupendo! -dijo Linda-, pero estamos en Miami y el congreso es en San Diego. ¿Ahora qué hacemos?

–-Tenemos que conseguir el transporte -dije. Y llamé a una línea aérea que en ese momento marchaba muy bien, la Northeast Airlines. La mujer que me atendió resultó ser la secretaria del presidente, de modo que le contesté lo que necesitaba. Me comunicó directamente con el presidente, Steve Quinto. Le expliqué que acababa de hablar con la gente del congreso en San Diego, que nos habían dado la inscripción gratis, pero que no teníamos cómo ir y si no donaría dos pasajes ida y vuelta Miami-San Diego.

–-Por supuesto –dijo, sin más. Fue así de rápido y lo que añadió a continuación me dejó helado-. Gracias por pedírmelo –dijo.

–-¿Cómo? –pregunté.

–-No muchas veces tengo la oportunidad de hacer algo por los demás, a menos que alguien me lo pida. Lo mejor que puedo hacer es dar algo y usted me pidió que lo hiciera. Es una linda oportunidad y quiero agradecérsela.

No podía creerlo, pero le di las gracias y colgué el auricular. Miré a mi mujer y le dije:

–-Querida, tenemos los pasajes de avión.

–-¡Fantástico! –dijo-. ¿Y dónde nos alojamos?

Después llamé al Holiday Inns del centro de Miami y pregunté dónde estaba su casa central. Me dijeron que en Memphis, Tennessee, de modo que llamé y me derivaron a la persona con la cual necesitaba hablar.

Era alguien en San Francisco. Controlaba todos los Holiday Inns de California. Le expliqué entonces que habíamos conseguido nuestros pasajes de avión a través de la empresa aérea y le pedí si podía ayudarnos de alguna manera con el alojamiento durante los tres días. Me preguntó si no había inconveniente en que nos ubicara en su nuevo hotel, en el centro de San Diego.

–-Sí, perfecto –dije.

—Espere un minuto –dijo-. Tengo que advertirle que el hotel está a unos cincuenta kilómetros del campus universitario donde se realizan las conferencias, o sea que tendrán que ver cómo llegar hasta allí.

–-Ya pensaré si tengo que comprar un caballo –le contesté.

Le di las gracias y le dije a Linda: 

–-Bueno, querida, tenemos la entrada, tenemos los pasajes de avión y tenemos un lugar para alojarnos. Lo que necesitamos ahora es una manera de trasladarnos del hotel al campus dos veces por día.

Entonces llamé a la Asociación de Alquiler de Autos, les conté la historia y les pregunté si podían ayudarme.

–-¿Se arreglaría con un Oldsmobile del 88? –dijeron. 

Contesté que sí. En un día habíamos armado todo. Terminamos comprándonos la comida, pero antes de que terminara el congreso, me levanté, conté esta historia en una de las asambleas generales y dije:

–-Si alguien se ofrece voluntariamente para llevarnos a comer, estaremos profundamente agradecidos.

Alrededor de cincuenta personas saltaron y se ofrecieron como voluntarias, de modo que terminamos recibiendo también algunas de nuestras comidas. Lo pasamos bárbaro, aprendimos muchísimo y nos conectamos con gente como Jack Canfield, que todavía está en nuestra junta asesora. Cuando volvimos, lanzamos el programa que ha ido creciendo en un ciento por ciento cada año. En junio pasado, se graduó nuestra familia número dos mil doscientos cincuenta en el curso de Pequeñas Bellotas. También organizamos dos seminarios importantes para educadores llamados Making The World Safe For Children, a los que invitamos a gente de todo el mundo. Miles de educadores vinieron en busca de ideas para hacer los cursos de formación de la autoestima en sus aulas mientras enseñan.

La última vez que patrocinamos un seminario invitamos a educadores de ochenta y un países. Diecisiete naciones enviaron representantes, incluidos algunos ministros de educación. A partir de ese momento, hemos recibido invitaciones para llevar nuestro programa a los siguientes lugares: Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Gelaruth, Kazakhstán, Mongolia, Taiwan, las Islas Cook y Nueva Zelandia. 

Como ven, podemos conseguir cualquier cosa que queramos si se lo pedimos a la gente apropiada.

Rick Gelinas
Fragmento del libro:
Chocolate caliente para el alma 
de Jack Canfield y Mark Victor Hansen




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