Aldo y las sombras del abismo

Aldo y las sombras del abismo

Las sombras del abismo

Primero fue el silencio.

No el de una noche tranquila, sino ese tipo de silencio que te hace contener el aliento sin saber por qué. Como si el mundo entero esperara algo… o a alguien.

Aldo lo sintió en el momento exacto en que puso un pie en el espigón de O Portiño. El mar, siempre inquieto a esa hora, estaba inmóvil. Ni olas. Ni gaviotas. Ni viento. Solo él. Y ese vacío sonoro que parecía tragarse hasta el latido de su pecho.

Lo que no sabía… era que lo estaban observando.

Un destello rojo cruzó bajo el agua. Rápido. Demasiado rápido.

Se inclinó. Nada. Solo la superficie negra del mar devolviéndole su reflejo distorsionado.

—¿Qué demonios…? —susurró.

Entonces, lo oyó.

Un sonido grave, húmedo, ancestral. No era un rugido. Era algo más primitivo. Como el ronquido de una criatura dormida. Una que no debería estar allí. Una que no debería existir.

Aldo retrocedió un paso.

Y fue entonces cuando algo emergió del agua.

No era un cuerpo, tampoco una sombra. Era… una ausencia. Un hueco en la realidad. Un agujero negro donde la luz se negaba a entrar. Duró apenas un segundo y luego desapareció, pero fue suficiente.

Desde ese instante, supo que algo se había roto y que el mar, una vez más, necesitaba un guardián.

Aldo se obligó a alejarse del espigón. Caminaba rápido, pero sin correr. No quería parecer un loco, aunque por dentro… algo lo estaba empujando al límite.

En cuanto llegó al coche, cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Apoyó la frente en el volante. No temblaba, pero sentía que debía hacerlo. Lo que fuera que había visto —o sentido— allá en el agua, no encajaba con ninguna explicación racional.

Y, sin embargo, algo en su interior lo reconocía.

Esa noche soñó con un pozo sin fondo. El agua era espesa, casi negra, y al fondo, muy al fondo, una silueta lo esperaba. Sin rostro, sin forma definida, pero con ojos. O al menos… con una conciencia.

—Estás despertando —le dijo la voz.

Aldo intentó hablar, pero su boca estaba sellada. La criatura emergía poco a poco, no subiendo, sino haciéndose presente, como si siempre hubiera estado allí, al otro lado del umbral.

—Volveremos a encontrarnos, Guardián —susurró—. Esta vez… sin testigos.

Se despertó con el cuerpo empapado en sudor. El reloj marcaba las 3:33. El mismo número de la advertencia, esa que trae mensajes que no puedes ignorar.

Y en la mesilla, aún mojada, descansaba la concha negra.

La había dejado guardada, cerrada en una caja de madera, en un rincón sellado de su armario, pero ahora… estaba allí, abierta y vibrando como nunca, con un pulso que no era el suyo.

El pulso de la concha marcaba un ritmo que Aldo no podía ignorar. Era como un segundo corazón, uno que no le pertenecía, uno que… reclamaba algo.

La sostuvo entre las manos. No pesaba nada, pero cuanto más la miraba, más sentía que contenía algo antiguo, dormido, algo que estaba empezando a abrir los ojos.

Fue entonces cuando notó el zumbido.

Al principio, pensó que venía del interior del edificio. Un fluorescente estropeado, el router… Pero no… El sonido no venía de afuera, vibraba dentro de él, como si una frecuencia olvidada se hubiera reactivado en su sangre.

La concha se resquebrajó en su palma.

No estalló ni se rompió como un objeto frágil. Simplemente… se abrió. Y de su interior se deslizó una sombra, densa, líquida y serpenteante.

Aldo retrocedió, pero la sombra no lo atacó, flotaba, como si no tuviera peso, como si lo estuviera observando sin ojos.

Y entonces, susurró:

—Skír…

Una palabra. Una sola. Apenas un aliento. Pero Aldo sintió cómo esa sílaba le atravesaba el pecho como un arpón. Se dobló sobre sí mismo, jadeando. Imágenes que no le pertenecían —mares de hielo, barcos hundidos, cánticos en lenguas ahogadas— se agolparon en su mente con la fuerza de una marea viva.

—¿Qué eres? —consiguió decir, entre dientes.

La sombra retrocedió lentamente hacia la concha abierta, como si regresara a su caparazón. Pero antes de desvanecerse, susurró otra vez, más bajo:

—Recuerda… antes de que despierte del todo…

Y desapareció.

La mañana siguiente, las noticias hablaban de un fenómeno extraño frente a la costa de A Coruña: una zona de mar repentinamente oscurecida, como si la superficie hubiera sido teñida de alquitrán. No había señales de contaminación, ni restos, ni algas. Solo oscuridad.

Y lo peor: una barca de pescadores había desaparecido sin dejar rastro.

El parte meteorológico decía que el mar estaba en calma, pero Aldo lo sabía, no era calma, era espera.




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